8/1/15

El día que me fui

Esa mañana de frío helador.
La cama era acogedora, las sábanas tibias del sueño apenas roto. Pero en la atmósfera olía el frío que esperaba tras la ventana. Lo oía reptando por las paredes de piedra, llamando a la ventana. Y no debía salir de la cama, pero salí.
El silencio era delicioso, se rompía en crujidos de escarcha a mi alrededor según salía de la habitación. La casa dormía. No había escuchado tanto silencio en mucho tiempo y éste me abrazaba como una seda voluptuosa, deslizándose por mis miembros, atrayéndome.
Me acerqué a la ventana y allá estaba el frío, dándome los buenos días. El sol no era más que un borrón anaranjado. De los oscuros pinos que lamían la tierra hasta donde alcanzaba la vista, apenas se veían las copas, oculto el resto en niebla. Era un sueño de bordes difuminados, de silencio sepulcral.
Era una pureza única, suave y afilada. Una pureza que mientras no mancillase, me aceptaba en su pulcritud.
Salí al encuentro del frío en la planta baja. Atravesó mi ropa y se apretó contra mi piel en aquella habitación de paredes y suelo de piedra. Calzándome unas rígidas botas y cubriendo mi pijama con un abrigo que me iba grande, salí.
La tierra negra estaba todavía húmeda. Una nube de vaho salió de mis labios rauda a reunirse con la niebla. Ni el ladrido de un perro, ni el zumbido del tráfico. Silencio de una casa en medio de la nada. Silencio de un mundo que ha desaparecido, de la humanidad a la que se le otorga la oportunidad de renacer. Silencio respetuoso hacia la imponente naturaleza. Silencio admirado de la belleza de algo tan simple como una mañana de invierno.
Lentamente me dirigí hacia los árboles. La hierba estaba blanca por la helada matinal. Nada se movía en el bosque. Ni siquiera el viento rompía la quietud de las hojas. Seguí mi camino, perdiéndome en aquel templo vegetal. ¿Quién necesita inventarse dioses cuando nos rodea lo venerable?

Desde la misma ventana a la que me había asomado poco antes, unos ojos me vieron desaparecer en el bosque, dejando un rastro de vaho que enseguida se evaporó, como mi figura, oculta por la niebla. Y no me vieron volver.

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