10/1/15

À propos de Charlie... y otros

Tenía que pasar. Antes o después, la chusma radical con la que estamos en guerra, aunque nos neguemos a aceptarlo, iba a entrar en nuestra casa y darnos de tortas. O entrar en nuestro país y pegarnos un tiro.
Ha habido muchas reacciones, la mayoría "Yo soy Charlie Hebdo". No, no eres Charlie Hebdo, no lo serás nunca y casi mejor que no lo seas. No eran paladines por la libertad de expresión, aunque ahora hayan sido elevados al nivel de mártires. Eran unos profesionales que trabajaban en una revista satírica metiéndole el dedo (o el lápiz) en el ojo a todo el mundo: católicos, judíos, musulmanes, políticos... Todos ellos rebajados al nivel de cualquier hijo de vecino haciéndoles burla. Hay quien opina que su revista era racista e incitaba al odio. Y un pimiento. El que se pica, ajos come.
Siempre habrá quien esté en desacuerdo contigo, alguien a quien no le gustes, alguien que critique lo que haces y cómo lo haces. La madurez y el sentido común está en aceptarlo y seguir adelante con ello, ignorándolo si no es serio, reflexionando si es una crítica válida. Ésa es la solución, no haciendo que el ofensor se calle, porque siguiendo ese camino todo se puede entender como ofensa, así que al final nadie puede decir nada y adiós a la libertad de expresión.

Hagamos memoria. Revista el Jueves: se mete con todo el mundo, muchos rabian, algunos se quejan, pero ¿cuándo se pone la cosa seria y entra la censura? Cuando se ríen de la monarquía. Ay, amigos, a ésos sí les dolió. ¿Por qué? Porque no están dispuestos a ser rebajados al nivel de todo el mundo. No hay nada que no se pueda ridiculizar, no hay nada que no se deba ridiculizar, porque lo pone todo en perspectiva: es importante, pero no intocable. La sátira pone temas incómodos en la mesa, nos hace hablar de ello, señala lo que normalmente preferimos no mirar. Los problemas hay que hablarlos, no barrerlos bajo la alfombra.

Europa se ha convertido en una maestra de la demagogia y soplapollismo (con perdón). Cualquier grupo minoritario o potencialmente discriminable pone el grito en el cielo a la mínima, porque les dejamos. Y así es como tenemos a delincuentes no-blancos, o no-nacionales, que en cuanto se le dice algo, su primera defensa es llamarnos racistas. Y con el terror que le tenemos a tal palabra, nos callamos y dejamos que siguan haciendo lo que quieran. ¿Se acuerdan ustedes de "las bosnias" del metro de Madrid? Pues eso mismo. Hago aquí un inciso para el que no esté leyendo lo que escribo, sino entendiendo lo que le da la gana, para decir que no soy racista, no estoy diciendo que todos los no-blancos, o no-nacionales, sean delincuentes. Digo que en todos los países, razas y religiones hay delincuentes y éstos también viajan, por lo que necesariamente algunos acaban en otros países, a veces el nuestro.

Resumiendo: que es nuestra propia cobardía e inseguridad lo que nos acabará perdiendo. Hay focos de luz brillante que siguen luchando, pero yo lo veo todo muy negro. Tan sólo espero no ver ese futuro que nos auguro en el que los valores de la Europa moderna habrán sido sofocados.

Como hay quien se explica mil veces mejor que yo, os dejo esto. Recomiendo leer este artículo más de lo que recomiendo leer el mío.

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