26/10/14

Y ya que me pongo a escribir, ¿podemos dejar de fingir que lo de "conseguirás todo lo que te propongas", no es una mentira?
Es algo que me lleva molestando largo tiempo, especialmente porque se lo contamos a los niños y se lo creen. Toda esa mentalidad de que si se esfuerzan lo suficiente llegarán a donde quieren, que sus sueños son lo más importante en este mundo, que todo se puede conseguir. Son ideas hermosas, pero irreales. Sí, hay quienes se esfuerzan al máximo y consiguen aquello con lo que soñaron de niños. Pero, ¿cuántos niños quieren ser astronautas? ¿Y cuántos llegaron al espacio?

No todos podemos ser astronautas. No todos podemos ser pintores famosos, actores, guionistas de comics de Marvel. Sé que tendré críticas por esto que escribo. Pero esto es la realidad. Y de hecho, creo que es injusto hacerle creer a los niños que su esfuerzo lo es todo. Tiene una parte positiva, y es que se esforzarán, lo cual es muy importante, pero es mentira. Nada en esta vida depende exclusivamente de nosotros. Por seguir con el ejemplo del astronauta, hay muchos factores que afectan a ello. Para empezar, ¿en qué país ha nacido? ¿tiene buena salud? ¿tiene acceso a la educación necesaria? ¿su familia puede y quiere apoyarlo? ¿puede costearse los estudios? ¿es su personalidad la adecuada? ¿será un buen redactor de CVs? ¿sus entrevistas laborales le saldrán bordadas? ¿se interpondrá en su camino una mala persona que lo boikotee? ¿tendrá algún accidente?

Los que apoyan esta visión, afirman que todos los problemas pueden ser superados. Si tu familia no tiene dinero, buscarás financiación pública o privada, encontrarás un trabajo y ahorrarás... Suena bonito, suena muy bonito. Quisiera llevar a esas personas delante de aquellos niños (todavía niños) cuyos sueños han sido hechos pedazos, y que les digan que es culpa suya por no haberse esforzado lo suficiente. Porque cuando pones todo en el niño y en su propio esfuerzo, le estás dando toda la responsabilidad del fracaso.

"Todo lo que hacemos, bueno o malo, nos vuelve multiplicado por tres." Si eres bueno, recibes cosas buenas; y si eres malo, cosas malas. Otra idea, en la misma onda, totalmente errónea. ¿De qué forma estamos preparando a nuestros niños para el futuro? ¿De qué tamaño es el porrazo que se va a llevar un niño que ha crecido creyendo que si es bueno y se esfuerza, todo le irá bárbaro y todos serán buenos con él?

Creo en el esfuerzo y creo en la bondad, pero a los niños hay que enseñarlos a defenderse. Dejad que crean en las hadas, pero también en los dragones. Dragones que a veces matan al héroe. Empezad a explicarles que el esfuerzo propio es muy importante, pero no lo único. Y que ellos no siempre serán los mejores. Es normal que los padres consideren a sus hijos los mejores y los valoren y los hagan sentir importantes, pero en cuanto tengan uso de razón hay que hacerles comprender que hay gente con la que competir, que aunque sean brillantes pianistas, los habrá mejores, o que por ser menos carismáticos recibirán menos atención, independientemente de lo brillante que sea su arte. Y que aunque seas el más inteligente de tu clase, en el mundo real 1) a la gente le importas una mierda y 2) no eres tan inteligente.

Es duro, pero es real y sobre todo, es HUMILDE.
No somos dioses, no lo podemos todo. Somos humanos, y nuestros niños deberían ser conscientes de ello.

EDITADO:
Y... unas semanas más tarde, Oglaf me da la razón.

24/10/14

La vida te quita cosas, todos somos conscientes de ello. Es algo repetido y sabido. Una afirmación obvia. La vida te arrebata a tus seres queridos, la juventud, la inocencia... hasta que te mata.
En lo que no pensé es que la vida y sus vueltas me alejarían de aquellas actividades que amo.
Me fui a Francia y dejé de leer. Me vine a Londres y dejé de caminar, de escribir. Encontré trabajo y dejé de cocinar. Me mudé de barrio y dejé de bailar. ¡Ahora sólo falta que deje de escuchar música!
Todo tiene, evidentemente, su lógica explicación y fue un cambio paulatino y no radical.
En cuanto a la lectura, imagino que tiene que ver con mi amor por la palabra escrita. Me encantan las historias, pero me enamoran las palabras, la elección de cada una de ellas, regodearme en que sea tal o cual adjetivo o adverbio. Y cuando leo en francés, o inglés, pierdo eso porque no conozco la lengua la mitad de bien que el castellano (me enorgullezco de ser bien leída y tener un amplio vocabulario y de consultar el diccionario con frecuencia por el mero placer de hacerlo, de captar cada matiz de cada palabra). Y la historia en sí rara vez es tan poderosa como para incitarme a leer. Sigo leyendo, sigo llevando conmigo el carnet de la biblioteca y cogiendo libros nuevos, pero no es lo mismo. Debo añadir que las bibliotecas británicas me tienen confusa y la elección de un libro es un salto con los ojos cerrados, en España tengo pistas de si será bueno o malo, aquí apenas.
En cuanto al caminar... Londres es amplio y, a mi gusto, feo. Vengo de una ciudad costera con el paseo marítimo más largo de Europa, que además pasa delante de la casa de mis padres, por lo que para mí salir de paseo, o ir andando a cualquier sitio, era algo bonito, el placer de caminar unido a hermosas vistas. Recuerdo el último año de universidad, en que mayormente iba a clase por las mañanas y caminaba de vuelta a casa cuando hacía buen tiempo, siempre por la orilla del mar. Ahora quiero salir a caminar y son todo calles feas, pelear contra una marea de gente si vas por la calle principal, semáforos, sirenas... y tu destino queda en el quinto pino.
En cuanto al escribir, me sigo avergonzando de haberlo dejado, pero la lacerante necesidad de escribir que tenía anteriormente ha ido desapareciendo con el tiempo. Sé que debería hacer un esfuerzo y ponerme a ello, porque el escribir es una actividad que requiere esfuerzo y constancia, pero no lo consigo. Cada vez que me pongo a ello, peleo con cada frase y, una vez releo lo escrito, me siento decepcionada y frustrada y lo escrito acaba en la papelera.

En fin. Falta de tiempo y descanso, falta del entorno apropiado y, sobretodo, falta de constancia, de fuerzas. Entiendo por qué la gente añora su época de estudiante, el "ser yo mismo", esa época en la que uno tenía tiempo y energía. Yo no lo añoro, en absoluto, y jamás volvería atrás, pero ahora veo de dónde sale la melancolía de los adultos por esa etapa de su vida.

Por lo pronto, he vuelto a salir a caminar; confío en que el feo Londres no me acabe desmoralizando.