5/3/14

Milonguera, bullanguera

Sé que hace mucho tiempo que no me paso. Lo sé, lo sé. Mil perdones. Será que Londres me ablanda el cerebro y me come la imaginación. Hoy vengo a contaros lo más importante que me ha pasado en meses. Me he apuntado a clases de tango. Y vosotros pensareis "pues menuda mierdavida llevas si eso es lo más importante en meses". Pues sí, ¿qué pasa? De casa al trabajo, del trabajo a casa e intentar sacar tiempo para ver al novio, a mi hermana y airearme. Y soy feliz, conste.
Si me seguís desde hace tiempo, vereis por ahí referencias al tango de vez en cuando (el título de una canción, un vídeo, un cuento...), y es que siempre me ha fascinado. No el tango de las películas, ese tango de fantasía coreografiada de saltos y pasos raros, rosas entre los dientes y miradas ardientes, sino el tango de verdad, el que se baila en milongas, el que los viejos bailan en el salón de casa al ritmo de una canción que suena en la radio. El de toda la vida, vamos. Y no sólo el baile, sino también la música. Las letras como poesías, cantadas como quien llora, que te ponen la piel de gallina. No importa cuántas veces escuche esta canción, sigue emocionándome.
Hace ya unos cuantos años, me apunté con un amigo de la universidad a un intensivo de tango y me enamoré del todo de ese baile en 8 tiempos. Pero el curso se acabó y mi pareja de baile no pudo dedicarle más tiempo, así que con pena lo dejé de lado.
Muchas veces intenté volver, pero no había manera. En Francia era carísimo para mi mierdasueldo de au pair. De au pair aquí, no había forma de llegar a tiempo a las clases. Yo seguía diciendo que algún día aprendería a bailarlo de verdad, pero no tengo claro que ya nadie me creyese.
Y siendo recepcionista un día me planté. ¿Por qué me era tan difícil hacer algo que me gustaba? ¿Por qué me excusaba en la falta de pareja, en lo caro de las clases, en lo lejos que tenía que ir? Así que un día elegí la escuela que más me convencía y con un par de calcetines gordos, me presenté en el estudio. Dos días más tarde me compré unos zapatos de baile y desde entonces no he faltado a una sola clase.

Y la verdad es que me da la vida. Me obliga a salir de casa, me hace apuntar eventos en el calendario (sábados en los que hay milonga), me hace relacionarme con gente en un entorno extra-profesional, voy a mirar ropa y sólo me compro aquello que sirva para bailar, pongo tangos en el hilo musical del trabajo. Y me hace feliz. Cuando bailo no hay preocupaciones, ni enfados, ni nada. Sólo la música y concentrarme en lo que mi pareja me indica. Hace unas semanas un grandísimo hijo de p*** me robó el móvil. Un smartphone que tenía unas semanas. Esa noche tuve tango y durante dos horas, se me olvidó el disgusto. En esa misma clase los profesores me dijeron que me pasase a un curso superior y eso casi borró del todo la memoria del puñetero móvil.