24/10/14

La vida te quita cosas, todos somos conscientes de ello. Es algo repetido y sabido. Una afirmación obvia. La vida te arrebata a tus seres queridos, la juventud, la inocencia... hasta que te mata.
En lo que no pensé es que la vida y sus vueltas me alejarían de aquellas actividades que amo.
Me fui a Francia y dejé de leer. Me vine a Londres y dejé de caminar, de escribir. Encontré trabajo y dejé de cocinar. Me mudé de barrio y dejé de bailar. ¡Ahora sólo falta que deje de escuchar música!
Todo tiene, evidentemente, su lógica explicación y fue un cambio paulatino y no radical.
En cuanto a la lectura, imagino que tiene que ver con mi amor por la palabra escrita. Me encantan las historias, pero me enamoran las palabras, la elección de cada una de ellas, regodearme en que sea tal o cual adjetivo o adverbio. Y cuando leo en francés, o inglés, pierdo eso porque no conozco la lengua la mitad de bien que el castellano (me enorgullezco de ser bien leída y tener un amplio vocabulario y de consultar el diccionario con frecuencia por el mero placer de hacerlo, de captar cada matiz de cada palabra). Y la historia en sí rara vez es tan poderosa como para incitarme a leer. Sigo leyendo, sigo llevando conmigo el carnet de la biblioteca y cogiendo libros nuevos, pero no es lo mismo. Debo añadir que las bibliotecas británicas me tienen confusa y la elección de un libro es un salto con los ojos cerrados, en España tengo pistas de si será bueno o malo, aquí apenas.
En cuanto al caminar... Londres es amplio y, a mi gusto, feo. Vengo de una ciudad costera con el paseo marítimo más largo de Europa, que además pasa delante de la casa de mis padres, por lo que para mí salir de paseo, o ir andando a cualquier sitio, era algo bonito, el placer de caminar unido a hermosas vistas. Recuerdo el último año de universidad, en que mayormente iba a clase por las mañanas y caminaba de vuelta a casa cuando hacía buen tiempo, siempre por la orilla del mar. Ahora quiero salir a caminar y son todo calles feas, pelear contra una marea de gente si vas por la calle principal, semáforos, sirenas... y tu destino queda en el quinto pino.
En cuanto al escribir, me sigo avergonzando de haberlo dejado, pero la lacerante necesidad de escribir que tenía anteriormente ha ido desapareciendo con el tiempo. Sé que debería hacer un esfuerzo y ponerme a ello, porque el escribir es una actividad que requiere esfuerzo y constancia, pero no lo consigo. Cada vez que me pongo a ello, peleo con cada frase y, una vez releo lo escrito, me siento decepcionada y frustrada y lo escrito acaba en la papelera.

En fin. Falta de tiempo y descanso, falta del entorno apropiado y, sobretodo, falta de constancia, de fuerzas. Entiendo por qué la gente añora su época de estudiante, el "ser yo mismo", esa época en la que uno tenía tiempo y energía. Yo no lo añoro, en absoluto, y jamás volvería atrás, pero ahora veo de dónde sale la melancolía de los adultos por esa etapa de su vida.

Por lo pronto, he vuelto a salir a caminar; confío en que el feo Londres no me acabe desmoralizando.

1 comentario:

Gretka dijo...

Lo primero, me alegro de haber vuelto a leer algo tuyo. Hacía mucho que no escribías. Y me parece significativo que haya sido justo hoy, porque precisamente después de muchísimo tiempo, hoy yo también he vuelto a escribir. Y también tengo el impulso de mandar al traste lo escrito. No sé por qué pasa esto, pero me siento exactamente igual que tú, palabra por palabra. No leo, no escribo, no paseo...Ni siquiera me siento feliz con lo que estudiando, y eso que se supone que es lo que me apasiona. Después de leer lo tuyo me siento un poco menos sola en este aspecto.
Espero que recuperes la chispa cuanto antes. Un abrazo enorme