21/4/13

Robin

Aviso, seguro que esta entrada va a quedar ñoña. Y no me importa.

Cuidar de un adolescente es... pecualiar. Debido a que son básicamente sacos de hormonas y ni ellos mismos saben lo que hacen o por qué. Al llegar a Londres, me preguntaba cómo acercarme a Robin, un chaval de casi 13 años, acostumbrado a tener chicas a su alrededor que pretenden imponerle una disciplina pero que en menos de un año se van y son reemplazadas por la siguiente au pair. Un niño cuyas mayores motivaciones son, por el siguiente orden:
- Dormir
- Comer
- Masturbarse
- Jugar con el iPad / pc / xbox
- Ver la tv
Tal cual. No vamos a fingir que el sexo no ocupa la mitad de su cabeza, porque sería una mentira MUY grande. Lo sé porque no soy tonta, porque todos mis amigos me lo han dicho, porque él mismo me lo ha dicho y porque lo he comprobado.
El caso, que yo no sabía cómo abordar la relación. Él estaba aún de vacaciones cuando su madre nos mandó a hacer un recado (comprarle al niño una americana y cambiar unas camisas), lo cual suponía caminar mínimo 40min de ida y vuelta. Mira que protestó para salir de casa... pero salió, claro.
Y fueron esos 40min, que a su paso de tortuga de "no quiero iiiir" se debieron de transformar en 1h 30 de charla, los que hicieron que nos cayésemos bien.
Es inteligente, pero un vago y un vanidoso. Y no tiene disciplina (normal). Estos meses nos hemos acostumbrado el uno al otro, yo a que tiene sordera selectiva y hay que repetirle mil veces las cosas, él a que responderme borde sólo le perjudica...
Normalmente es un chaval encantador, al que puedo pedirle que vaya al súper por mí (si hay por medio un "y te doy 2 pounds para que te compres lo que quieras", mejor), que desaparezca de mi vista durante el resto de la tarde o que haga la cena, con el que puedo hablar y al que le encanta contarme chorradas y preguntarme cosas bizarras, que yo contesto lo mejor que puedo (como aquel día que llegó de clase y me preguntó si era cierto que para que una chica tuviese un orgasmo, antes había que tocarle las piernas, que lo había dicho una compañera suya, o que si masturbarse te hace más débil... en fin).
Normalmente, bien. Pero también tiene días malos, en los que se convierte en una especie de bicho refunfuñón y caprichoso. Una vez el tal estado le duró dos semanas. Cuando quise hablar con él, se puso como cuando discute con su madre, se defiende yéndose por las ramas a gritos. Lo corté en seco y le dije "¿recuerdas cuando me pediste que no me fuese? bien, pues comportándote como un capullo como llevas haciendo estos días, hace que me plantee el largarme". Oye, como la seda. Nunca más fue maleducado.

Hace un par de semanas, durante las vacaciones de Semana Santa, me miró muy serio y me dijo que "no hemos hablado suficiente en estos meses, y nos queda poco tiempo". Me llegó al corazón, en serio. Le recordé que es él quien se encierra en su cuarto al llegar del cole, que yo siempre estoy dispuesta a hablar con él y que puede encontrarme en el salón.
Pues nada, que nos hemos pasado las vacaciones de Semana Santa como uña y carne. Y prometido y reprometido que seguiremos en contacto cuando me haya ido. Que "si te fueses mañana porque has encontrado un trabajo mejor, mi madre se lo tomaría a mal, pero yo me alegraría por ti", "no quiero que te mudes a un piso de mierda", "si no encuentras un trabajo/piso, seguro que podemos convencer a mi madre para que te quedes un poco más", etc.

Vamos, que el crío me ha cogido cariño (primera au pair con la que pasa tal cosa), y yo a él. Cuando pasó una semana fuera, lo eché de menos. Y ordenando su escritorio, me encontré con un retrato de mi persona con rasgos gatunos.

Como anécdota para cerrar esto, contar que una vez tenía una cita con un chico guapísimo no, lo siguiente, y estaba muy muy muy nerviosa. Robin lo sabía. Me desea suerte, salgo de casa divina y, de camino a la estación, me mensajea el chico en cuestión diciendo que imposible quedar, que las riadas han paralizado los trenes del norte. Bajón increíble. Intento hacer otros planes, llamo a un par de números, todo respuestas negativas. Bajón más profundo todavía. De vuelta a casa, paro en un súper aún abierto, compro una tarrina de helado, llego a casa y me asomo al cuarto de Robin. Y nos sentamos los dos a comer helado mientras escucha mi "moriré vieja y sola rodeada de gatos".

1 comentario:

Nirei dijo...

:) Pero con buenas historias.