11/3/13

Summertime

(Ambiente)

Fue un verano perfecto. Hacía poco que nos habíamos conocido, pero me invitó a pasar el verano juntos. El trabajo le exigía irse por una temporada y yo no tenía nada que hacer, así que acepté su invitación. Cogimos un vuelo y en el aeropuerto nos recibió un hermoso sol. Nos esperaban varias horas de coche, de las que sólo recuerdo el viento agitándome la melena, el sol sobre la piel y las ondulaciones del terreno, colina de viñedos tras colina de viñedos. Llevaba demasiado tiempo preocupándome por todo, por si aquello era una buena idea, por si era correcto dejarme mimar por un hombre con mucho más dinero que yo... Cerré los ojos tras las gafas de sol y me recliné a disfrutar de la brisa en mi piel.

El lugar era pequeño, un pueblo de la costa con poco interés, pero la casa ni siquiera estaba en el pueblo, era necesario recorrer una carretera bordeada de pinos para llegar a ella: una casa blanca de dos plantas, cuya parte trasera miraba sobre el mar. Era vieja a ojos vista, pero me pareció encantadora. Recorrí sus habitaciones cerradas mientras él descargaba el equipaje. Olía a polvo, a calor, a madera y a salitre.
Los primeros día los pasé limpiando el lugar y adecuándolo mientras él se iba a trabajar. Sus ausencias eran breves y me daban tiempo para explorar y cotillear cada rincón sin vergüenza. Descubrí la bodega, fría incluso en los días de más calor, la buhardilla, llena de trastos y recuerdos, fotos antiguas, cartas, ropa femenina en el fondo de un armario. Sabía que no era la primera en ir allí, pero no me importaba. Había dejado de preocuparme por todo. Ahora era yo quien estaba en esa casa, con él, y eso era lo que importaba. El verano no existe más que para vivirlo en el presente.

Pronto se estableció una dulce rutina: sonaba su despertador, yo me quedaba adormilada en la cama hasta que venía junto a mí, el pelo mojado, oliendo a colonia, a despedirse con un suave beso en los labios. Solía volver a dormirme hasta que el sol me hacía salir de la cama, saludando al día desnuda, bien descansada, despreocupada. Desayunaba una taza de café y pasaba la mañana leyendo y escribiendo, adecentaba un poco la casa y me ocupaba de que hubiese camisas limpias. Preparaba la comida y entonces él llegaba, siempre sonriente, elegía el vino y charlábamos de libros, música o cualquier banalidad. No existían ni el trabajo, ni el pasado, ni el futuro.
Por la tarde íbamos a la playa o caminábamos al pueblo. Nos tomábamos un martini en la plaza principal mientras veíamos a la gente pasar o nos llevábamos una novela cada uno. Volvíamos a casa de la mano y me arrastraba al dormitorio, a hacerme el amor mientras el sol declinaba. Me perdía en los senderos de su piel morena y cálida, olvidaba el mundo exterior en sus brazos, me enamoraba con cada uno de sus besos.
Después de cenar nos sentábamos juntos en la terraza, a ver las estrellas en silencio mientras nos llegaba la voz de Billie Holiday a través de las ventanas abiertas, mezclándose con el rumor del mar. A veces, en la cama, después de haber besado cada centímetro de mi piel, cuando me tenía abrazada contra sí, me pedía que le leyese lo que había escrito ese día. Se tumbaba de lado y me miraba muy fijamente, bebiendo cada palabra de mis cuentos. "Fin", decía yo, y entonces él cerraba los ojos, absorviendo la historia, me atraía hacia sí y nos dormíamos, sabiendo que el día siguiente sería tan hermoso como el anterior.

Nunca amé tanto la rutina como aquel verano. Tenerlo para mí sola, viviendo en una crisálida de calor, sexo y vino. Sólo unas pocas veces tuvo que ausentarse el día entero, entonces me esmeraba en hacer una cena deliciosa, y lo esperaba desnuda, con una botella de champán helado a mano.

El sueño llegó a su fin y volvimos a la ciudad. Nos despedimos en la entrada del metro. Él me regaló un polvoriento libro en francés, con las hojas resecadas por el calor, y supe que lo había traído de la casa. Yo le di una libreta con todos mis cuentos. Sabíamos, sin saberlo, que aquella sería la última vez que nos veríamos. No había tristeza en nuestra despedida. Nos besamos como si nos dijésemos hasta luego y no miramos atrás cuando cada uno tomó su camino.

Jamás olvidaré ese verano, jamás lo olvidaré a él. Hace unos días llegó un paquete a mi casa. Un  libro de tapas blandas, titulado Cuentos de verano para un amante. En el interior no había dedicatoria, pero sí una foto que él me había tomado sin que yo lo supiese, una foto en la que me ve desnuda en la terraza de aquella casa frente al mar, apoyada en la barandilla con una copa junto a mí y mirando hacia un lado. En el reverso una pocas palabras: siempre te recordaré así.
No sé cómo hizo para publicar mi libro, pero ahora éste reposa en la estantería junto a aquél que me regaló.

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¿Se nota que necesito que llegue el calor? Once de marzo y está nevando...

3 comentarios:

yatusabes dijo...

Nieva que te nieva, y tú sueña que te sueña, yo también quiero que llegue el calor, y si Mahoma no va a la playa, la playa va a Mahoma, mientras no sea en forma de tsunami jijiji pobre Mahoma, perderia esas chancletas alpargatas...

Anónimo dijo...

Hace tiempo que descubrí tu blog y te leo en las sombras. Me ha gustado mucho esta entrada porque me ha recordado al primer verano que pasé junto a mi pareja (hace dos años ya)en Marsella =)

Ladherna dijo...

¡Gracias Anónimo!
Me pone una gran sonrisa en la cara que alguien se anime a dejar un comentario, sobre todo descubrir que tengo lectores que no sabía que existieran, sigue sorprendiéndome!

Menudo veranazo el tuyo, entonces, ya querría yo uno así...