18/11/12

Os lo dije

El mundo estaba podrido hasta las raíces. Lo podía oír en la voz cascada de los predicadores, en ese tiembre quebrado del fanatismo, lo veía en el cielo, teñido de color sangre, lo olía cada mañana al levantarme, un olor extraño, diferente a todo lo que había olido a lo largo de mi vida. Aunque ahora el aire estaba infecto por el humo de los incendios y el hedor de los cadáveres. El mundo se extinguía y la raza humana se dedicaba a la destrucción de todo lo que la rodeaba: edificios, parques, vecinos, familiares... Masas enteras se suicidaban al unísono, otras se enfrentaban entre sí, las más se dedicaban a saquear, golpear y matar.
Lo observaba todo desde el último piso del edificio más alto de la ciudad, desde que el único rascacielos había ardido hasta los cimientos. Sabía que el final estaba cerca, lo sabía desde mucho antes de que el cielo se tiñese de rojo y el sol se transformase en una bola de luz mortecina. Lo intuí cuando vi las bandadas de pájaros, huyendo confusas en todas direcciones. Después fueron otros animales, tanto salvajes como domesticados. Se volvieron locos, la mayoría huyeron atravesando la ciudad. Los amos que intentaron retener a sus mascotas se vieron atacados por ellas. No quedaba ningún animal vivo en la ciudad, descontando a esas hordas de dementes en que mi raza se ha convertido.
Es el temor, los justifiqué de nuevo. Están aterrorizado y eso los ha enloquecido.
Una noche cayó del cielo una implacable tormenta de piedras. No granizo, no. Piedras. Muchos perecieron por estar al descubierto, todo aquello que estaba en la calle fue destruído: farolas, coches, árboles...
Mi ciudad, antes hermosa, parecía ahora el escenario de alguna película post-apocalíptica.
La muerte se acercaba, pero ahora no estaba tan segura de que fuese a ser por intervención divina. Nos mataríamos los unos a los otros, hasta que el último pereciese de hambre o sed. Estaba bastante dispuesta, aunque tampoco resuelta, a ser esa última. Había sabido que esto llegaría, que algún día me tocaría ver cómo la Humanidad se iba al carajo, y por ello estaba preparada para aguantar hasta el final de la película, pero si me perdía los últimos minutos... tampoco era tan grave.
Saqué un cigarrillo de la pitillera y me lo colgué de la comisura de los labios. Rebusqué en mis bolsillos hasta encontrar el mechero, un zippo dorado con un as de picas grabado en el frente. No había fumado durante muchos años, pero había decidido que quería ver el fin del mundo con una copa y un cigarro, así que como había hecho durante interminables horas a lo largo de los últimos días, puse un vinilo de Frank Sinatra en el gramófono, me serví una copa de Martini y me senté el el sofá que tenía colocado frente al ventanal del salón, a esperar lo que tuviese que venir con una sonrisa sarcástica.

1 comentario:

Dani Maverick dijo...

Y por casualidad, se me ocurrió ojear uno de esos libros que no habían sido quemados para mantenerme caliente. "Highlander", rezaba el título. Y abriendo por la primera página, una sola frase caracterizó un posible destino de los pocos posibles que quedaban por llegar: .

Irónicamente, decidí que casi mejor me acabaría el Martini antes de pensar si la supervivencia debía ser mi opción predilecta, o si por el contrario, prefería que el infierno fuese abriendo el pestillo.