16/10/12

Ojos de hielo

Me hallo en el sófa, enrollada en una manta color turquesa de tamaño carpa de circo, con el estómago hecho una batidora. Tengo hambre, pero no me he atrevido con nada sólido, voy a base de sopa y té, ya que esta noche me desperté para ir corriendo a arrodillarme frente al váter y no quiero repetir la experiencia. ¡Pero tengo tanta hambre que me comería una quiche yo sola! Algo ligero... se me ocurre fantasear con helado de yogur con mermelada de ruibarbo y frambuesa, hum... Mi estómago se encoge en una bola enfurruñada y suspiro con resignación. Tocará seguir pasando hambre.
Por si no fuese suficiente, acabo de llorar como una Magdalena con el último capítulo de Downton Abbey, así que sospecho que éste no es el mejor momento para escribir nada. Al menos hace sol.
Si os sirve de consuelo, a los que estais aquí por la parte literaria del blog, no tengo recursos para cuentos breves porque los estoy gastando todos en reescribir, y continuar, aquella novela que empecé años ha y que desapareció cuando el ordenador donde guardaba la única copia se estropeó.
Y sin embargo, tengo un par de ideas a desarrollar. Mientras tanto, un fragmento de algo que escribí años ha:

Ojos de hielo. Me atrapan, me encierran, llegan hasta lo más hondo de mí y apresan mi alma en su puño de escarcha. Azules como el cielo despejado en un crudo invierno.
Antes no eran ojos helados, sino que eran líquidos, azules como el agua del estanque junto al que me juraste amor eterno. El sol brillaba en tu pelo dorado y en tu sonrisa límpida, sincera. Creí que el recuerdo del día más feliz de mi vida no podría mancillarse jamás. Pero me equivoqué. Ahora yazco en la oscuridad de tu sótano, olvidada del mundo y de mi familia. Por lo visto a nadie le importa la suerte de alguien como yo, una maldita, una bruja. Sí, eso es lo que soy, supongo.
¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me odias tanto? ¿Por qué ahora me miras con tus ojos helados? Yo sólo quería que vivieses, ¿es que hay algo de malo en ello? Regresaste del frente tan malherido... Volviste para morir en mis brazos, pero yo no podía permitirlo, sabía que estaba prohibido, que usar mi magia, algo que sólo sabía frenar, equivalía a firmar mi sentencia de muerte. ¡Pero no podía dejarte morir! ¡Daría mil veces mi vida por la tuya! Aunque jamás creí que fueses tú quien me condenase. En cuanto mi poder te curó, sorprendiéndome a mí misma de haber sido capaz de hacerlo, te levantaste y en vez de sonreír, me miraste fríamente, los ojos de mi devoción se habían ido.
Me arrastraste hasta aquí, donde me has tenido encerrada. ¿Cuánto? No lo sé. Podrían haber sido años.
Plic. Algo no deja de gotear, pero estoy demasiado agotada, demasiado herida por tus torturas como para arrastrarme hacia el sonido e intentar calmar mi sed. Simplemente yazco desmadejada en el suelo, como tú me dejaste la última vez que viniste a "visitarme". No me he resistido ni a uno de tus golpes, no he luchado. Aun te amo demasiado.
Plic. Plic. Plic... Ese sonido taladra mi cerebro, me arrastra a la inconsciencia. Pero justo antes de dejarme llevar hacia un mundo de torbellinos negros, la puerta se abre, y con ella entra un débil rayo de luz.


Espero que os haya gustado, a mi no acaba de convencerme, supongo que porque lo escribí en una época muy infeliz.
¡Que tengais un buen día!

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