22/1/12

Fairytales II

Seguí yendo al bosque, intentando mantener un ritmo pausado y tranquilo, sin arranques de impaciencia, aceptando que la situación era así, lenta, pisando siempre sobre seguro. Y si intentaba acelerar el ritmo, probablemente ella huiría y no volvería jamás.

Pasaban las semanas, entregué el encargo sobre la flora autóctona pero seguí yendo a trabajar al bosque. Mi constante presencia en aquel entorno, lo modificó ligeramente: en la ruta que seguía cada día para llegar a mi "puesto de trabajo" empezaba a escasear la hierba, los ruidos del bosque cada vez tardaban menos en volver a la normalidad. Y yo me adaptaba: caminaba más sigilosamente sin tener que hacer un esfuerzo consciente, aprendí a ver cosas que antes no apreciaba: rastros, telarañas, un animal que intenta pasar desapercibido...

Los días se iban acortando y yo sabía que no podría mantener aquella frecuencia de visitas forestales. Hasta entonces me había enfrentado a los días de lluvia con un buen chubasquero y un par de botas de agua, pero ¿qué haría cuando nevase? ¿Qué haría ella en invierno? ¿Tendría suficiente ropa de abrigo? ¿Qué comería?
Le di vueltas a esas cuestiones durante muchos días, mientras seguía dejando mis dibujos y me enfrentaba a las frecuentes lluvias, cuando una nevada inesperada azotó la región.
Cuando me levanté por la mañana, mi coche, como tantos otros, se había convertido en un cacharro inútil, ya que las quitanieves no daban a basto para limpiar las calles. La nieve no dejaba de caer, inclemente e impacable.
No podré salir, pensaba, no podré ir al bosque, pensará que me he olvidado de ella y no se acercará nunca más.

Daba vueltas por casa como un animal enjaulado, hasta que no lo soporté más, e ignorando las advertencias de no salir de casa, me envolví en mil capas de ropa y me dirigí a pie al bosque. Cada metro era una batalla contra la nieve, que al menos ya había dejado de caer del cielo.

No sé cuántas horas tardé en llegar, pero cuando entré en el bosque, el brillo anaranjado del sol levantaba apenas dos palmos del horizonte.
Agotado, hambriento, con la ropa empapada por la nieve derretida y el sudor, irrumpí en el claro. Jadeando, me apoyé contra un árbol.
¡Un dibujo!, pensé, ¡tengo que dejarle un dibujo!
Me palpé los bolsillos y saqué una libreta. Pasé las hojas buscando una en blanco. Levanté los ojos para buscar inspiración y allí estaba, surgida de la nada, como una visión. Sin un ruido, había aparecido donde antes no había nada. Me quedé inmóvil, temiendo asustarla.
Se acercó despacio, mirándome muy fijamente con unos enormes ojos oscuros. No podía dejar de observarlos, me atrapaban, me absorvían. Y de pronto estaba delante de mi, tan cerca que podía oír su respiración. Tenía la nariz y las mejillas rojas por el frío. Lentamente, muy lentamente, alzó una mano y me tocó la cara. Era una mano pequeña, áspera, fría. Se me pasó por la mente la estúpida pregunta de si tendría guantes. Pasaron los segundos y seguíamos como dos estatuas, mirándonos a los ojos, su mano sobre mi mejilla, mi corazón desbocado.
Sin saber si lo que hacía era una completa estupidez o un acierto, levanté la mano que no aferraba la libreta y lo más lentamente que pude, la alcé. Una duda recorrió sus ojos y me detuve. Esperé, creí que la mano se me congelaría en la espera. En su rostro leí determinación, como si se estuviese preparando a superar algo doloroso. Volví a mover la mano. Despacio... despacio... ya casi...
Cuando mis dedos se encontraron con su piel, los dos soltamos un ligero suspiro de alivio. ¡Dios mío! ¡La estoy tocando! Sonreí. Me miró confusa e imitó mi gesto.

De pronto giró la cabeza como si hubiese oído algo, leí temor en sus ojos, se apartó de mi y antes de que me diese cuenta, había desaparecido. Me quedé solo en el claro, con la mano en alto como un imbécil.

No hay comentarios: