17/12/11

Fairytales I

Estaba en el bosque, bocetando. Tenía un encargo sobre la flora autóctona, nada importante ni bien pagado, pero me encantaba tener una excusa para pasarme el día en el campo dibujando flores. Era una mañana agradable, hacía sol y el juego de luces y sombras me tenía fascinado. Quizás porque me vió tan  absorto, se atrevió a acercarse. Estaba perfilando un abedul cuando sentí algo. Me giré bruscamente y allí estaba: un imposible. Una criatura salida de la imaginación del ser humano, plasmada en mil libros y montañas de lienzos. Tan pronto como me di la vuelta, alzó la cabeza y huyó. En menos de un segundo la había perdido de vista y el bosque seguía emitiendo los mismos sonidos de siempre, ni una rama que se rompiese, ni el ruido de unos pies que se alejan a la carrera...
Debo de haber alucinado, me dije. Pero mis dibujos estaban esparcidos, mientras que yo los había dejado en un cuidado montón. Recogí las hojas pensativamente. La más alejada, con el dibujo de una frambuesa, debía de ser lo último que tenía en la mano antes de salir volando.
Volví junto a mi cuaderno y escruté el bosque, cada sombra, cada hoja, intentando ver algo. Por supuesto no vi nada. Dejé el dibujo de la frambuesa junto a la planta original y le puse una piedra encima. Quizás haya suerte, pensé.


Al llegar a casa intenté dibujarla, pero no había manera. Todos los bocetos acabaron en la papelera, arrugados sobre la mesa, por el suelo...

Al día siguiente era más de mediodía cuando entré en el bosque. Lo hice despacio, intentando ser sigiloso, sintiendo que hacía más ruido que un elefante en una cacharrería. Cuando llegué al claro donde había trabajado el día anterior, estaba tan vacío como siempre. Suspiré y me regañé por haber esperado otra cosa. Pero el dibujo había desaparecido. Y la frambuesa también.
- ¿Hola? - saludé dubitativamente. Me respondió el silencio. Otro error.
Trabajé un par de horas, levantando la cabeza al menor ruido. Al final me di por vencido, así no iba a ningún lado. Bajo la misma piedra del día anterior, dejé un boceto de una flor y lo mismo hice durante el resto de la semana. No haber vuelto a verla me hacía desesperar, mientras que el hecho de que cada día la piedra estuviese en el mismo sitio y el dibujo hubiese desaparecido, me daba esperanzas.

Hasta que un día, algo cambió. Debajo de la piedra había dejado el dibujo de un pájaro, un herrerillo, y como respuesta, recibí una pluma. ¡Allí estaba, era real! No me había vuelto loco, ¡realmente existía y cogía mis dibujos!
Aquel día me quedé casi hasta el anochecer esperándola. Pero no vino, o al menos no se acercó y yo, por supuesto, no advertí su presencia. Abatido, volví a casa. Esto no va a ninguna parte, no volveré a verla, me decía.
Pero a la mañana siguiente vi la pluma junto a mis lápices y me decidí a volver.

(Continuará, espero. Son las 2.30h y llevo desde antes de medianoche trabajando en esto. Me perdonarán si es demasiado malo...)

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