16/11/11

Nantes, para enamorarse

Si bien es cierto que mi vida aquí no es gran cosa y que después de un día duro siempre me digo "voy a buscarme otro trabajo" (dicho tan en serio como quien dice "el año que viene iré al gimnasio"), me encanta esta ciudad. Quizás no sea tan guay como París o como Londres, pero a su manera es mejor. Pierde muchos puntos, muchísimos, por no tener mar. Pero claro, es que yo llevo toda la vida mirando el mar desde mi cuarto. Aun así, al menos tiene río (no sé si sería capaz de acostumbrarme a vivir en una ciudad sin una gran masa de agua -río, mar, lago-) y es bonita, acogedora. Los edificios bajos, las calles con árboles, los parques, las calles del centro, con sus restaurantes y bares llenos de gente, el castillo...
Además tiene cosas como una magnífica red de transportes públicos, agenda cultural muy dinámica, conciertos, asociaciones, aeropuerto, un gran campus... Vamos, esas cosas que hacen que la vida aquí sea agradable.

Pero cuando Nantes me ha llegado realmente al corazón ha sido en otoño, con las hojas de los árboles rojas y marrones, la limpia luz dorada del atarceder, las calles alfombradas de amarillo, los cielos limpios y heladores de las mañanas, abrir la ventana al anochecer y el olor de las calles mojadas mezclado con el humo de las chimeneas...
Hace unos días que busco un puesto de venta de castañas asadas, porque con este tiempo apetecen, pero aun nada.

Ayer se asomó a mi cabeza un pensamiento que ya creí que no tendría nunca: va a darme pena irme de esta ciudad.

1 comentario:

Miau dijo...

Como esto siga asi, terminas abandonandonos hasta en diciembre...xDDD