16/11/11

Cuento VIII

Me senté en la cama y miré a la derecha. A través de la ventana veía cómo los últimos rayos de sol se filtraban entre las ramas desnudas de otoño. Vacié mis pulmones en un discreto suspiro y me puse a buscar mi ropa esparcida por el suelo.
- ¿Te vas?
Acabé de ponerme la camiseta y lo miré. La penumbra se iba apoderando de la habitación con rapidez. Era una foto en sepia: apoyado sobre los codos, las sábanas arrugadas, el pelo revuelto... Le sonreí.
- Sí. - Me agaché a ponerme los pantalones.
- Pero puedes quedarte, mañana no trabajas.
- No.
- Entonces quédate.
Con los cordones aun en el aire, me quedé quieta. Volví a mirarlo. ¿A qué tanta insistencia? ¿Para qué meterse en un tema cuya respuesta no quiere oír?
- Podría quedarme, -reanudé la tarea de atarme las botas- pero yo no me quedo.
- ¿Nunca?
Me lo pensé unos segundos mientras me ponía el abrigo.
- Quizás algún día.
Me despedí con un beso y me fui.

Aquello fue hace unas semanas. Pienso en esa conversación ahora, en su cama. Él duerme plácidamente a mi lado. Fuera de las mantas hace un frío nada acogedor. Deslizándome despacio, salgo de su abrazo e intento reprimir los escalofríos mientras busco mi ropa a oscuras. Me visto con prisa, siempre dándole la espalda. Echo un vistazo al reloj. Ya hay transportes públicos. Me calzo junto a la puerta y maldigo interiormente el ruido del pomo, pero tampoco me vuelvo para ver si se ha despertado. Cierro la puerta a mis espaldas y me enfrento al cortante frío otoñal. Encojo los hombros, bajo la cabeza y echo a caminar a paso ligero hacia la parada mientras nubes de vaho se me escapan de entre los labios.
Yo no me quedo.

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