29/11/11

Cuento IX

Te miro y siento cómo puedo tocarte con los ojos, cómo me acerco a ti. Y de pronto ya no nos separan mil metros, sino que me he transformado en aire, en una brisa fría que corre hacia ti y te roza el cuello, que te hace estremecer. Paso de ser viento a ser una gota que se escurre por tu piel, acariciándola como una desvergonzada lengua. Y ya no soy gota, sino que me convertido en fantasma, en micropartículas que te tocan, que te rodean, que se pegan a tu piel. Mis manos invisibles parecen estar en todo tu cuerpo, soy unos labios que te recorren sin prisa el cuello, los hombros... una línea de besos que te baja por la espalda.
Cierras los ojos y disfrutas de este sueño, porque no puede ser sino un sueño el sentir que te tocan pero estar solo. Te abandonas a mis caricias, a este roce etéreo. Notas un aliento cálido contra tus labios, la sensación eléctrica de un cuerpo junto al tuyo. Abres los ojos y mi mirada te atraviesa, te atrapa. Separas los labios y me besas y te transformas en mil corpúsculos y me notas en tus manos, en tu piel, te paseas sobre mi, tú y yo mezclados en un caos molecular.

Los cristales están empañados y el vaho se condensa en gotas que caen sin prisa. Sale el sol y te encuentra durmiendo, enredado en unas sábanas que huelen a mujer.

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