10/11/11

Biarritz

Finalmente, demasiado tarde, me decido a relataros mi viaje a Biarritz.
Empezó un bonito domingo con más de 5h de viaje encajada entre los niños, con sus gritos, sus mocos, su incapacidad para estarse quietos. Pero finalmente llegamos, y hace sol. De hecho tanto calor hace, que abro la caja de ropa de verano que llevo para dársela a mis padres y hermana, ya que vendrán a verme unos días.
Descargo el agotamiento mental del viaje en pasear junto a la playa, comprarme un helado riquiiiisimo y comérmelo sentada en una roca, con los pies metidos en el agua, pensando en naderías y viendo cómo el sol declina. Luego vuelvo a donde nos alojamos, la casa de unos amigos. Yo "vivo" en el sótano, alejada de cualquier ruido de la casa y con mi propio (e inmenso) cuarto de baño. Me doy una ducha y me acuesto a una hora razonable.
¿Y después de eso? El infierno. Jornadas de entre 8 y 12h de trabajo diarias, la "discusión" que ya os relaté en el último Manual... Sí, fue duro. Cuando me sentaba a cenar era como si mi alma se doblase y se pusiese a roncar encima de la mesa. Estaba en Biarritz, a dos pasos de la playa, y me sentía tan agotada que lo único que hacía era arrastrarme a mi cuarto y tirarme en la cama. Salí un par de veces de paseo, claro, porque me obligaba a ello, pero hacedme caso, vacaciones para los niños igual a doble o triple trabajo para la au pair. Tortura. De hecho, a la vuelta de las "vacaciones" la profesora del curso de francés al que asisto, nos preguntó a todas qué tal las vacaciones. Todas dijimos lo mismo "¿vacaciones? ¿qué vacaciones?". La verdad es que menudas caras traíamos... (sí, todas somos au pairs).

El caso. Una ciudad preciosa en la que por cierto tenía lugar una competición de surf y por ello, el paseo marítimo era un vergel de rubi-teñidos con sus tablas.
Y tras tan terrible semana, llega el finde y con él mi familia, que viene a recogerme y nos vamos a comer de picnic. Si mi corazón aun no estaba desbordado de amor cuando los vi llegar, desde luego lo estuvo cuando mi madre sacó del maletero una tortilla de patatas hecha por ella esa misma mañana y una empanada de caldo. Eso es una madre amorosa y abnegada y lo demás son tonterías. El caso es que comí divinamente, y después de ello nos dimos un paseo, fuimos al hotel a dejar el equipaje, volvimos a salir de paseo y cenamos de picoteo (empanada, queso, fruta, tarta de queso...)
A la mañana siguiente, desayunamos en un café en pleno centro (¿dónde se ha visto que el precio de un café duplique el precio de un croissant?) y cogimos el coche, dirección Navarra. Que pueblecitos, que hermosura. Mi corazón se hinchó de amor patrio mientras, sentados al sol en una terraza, observaba el paisaje y pensaba "en España como en ningún sitio". Cierto es que tiene muchas cosas que me desagradan, pero yo siempre amaré mi país hasta la médula. Una cosa no quita la otra.
Comí como no había comido en meses: unas alubias de morirse y una chuleta como Dios manda. Y postre, por supuesto. La verdad es que ni siquiera llegué a mi límite. Desde que estoy aquí no ha habido ni un día que dijese "no puedo más". Ni uno. Si es que me tienen en condiciones indignas, ¡una gallega comiendo lo suficiente, que no de más!
Vuelta a Biarritz, vuelta al trabajo, aunque esta vez mi hermana vino conmigo y desde su punto estratégico vigiló mi constante ir y venir "cómete esto, con las manos no, no chilles, etc".

Al día siguiente, lunes y día de mi cumpleaños, comí y cené con mi familia en Biarritz. Nos despedimos y hasta Navidad.

Martes, paliza de viaje hasta Nantes. Al menos, gracias a mi madre, pude comer un bocadillo de jamón serrano que estaba de muerte.

Y en Nantes me esperaba la guitarra, a la que le estoy dando un uso moderado pero constante (buena parte de mi tiempo libre es mientras los niños duermen) y se me están encalleciendo las yemas de los dedos. Excelente adquisión, puedo afirmar.

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