7/8/11

Cuento VII

Recorría el pasillo despacio, un pie tras otro, las manos alzadas a cada lado, rozando las paredes, dirigiéndose a aquella puerta. Tarareando para sí una melodía única, inclinándose a derecha e izquierda, bailando como ida, como una borracha o una diosa. Sintiendo las irregularidades del suelo, notando la suciedad que se pega a la planta de los pies, ignorando todo ello. Las paredes están desconchadas y a ratos, tras pasar los dedos sobre la pintura, ésta se resquebraja y cae. Pero ella sigue y sigue. Buscando la puerta negra que hay al final del pasillo. Sabe qué había tras su espalda, pero los detalles han ido desapareciendo, los recuerdos se difuminaron. Aquellos ojos en los que se perdía, que la conocían, que la obligaban a mirarla... ya nada queda de ellos. Los ecos de otra risa se le habían olvidado. Ya no responde a los nombres por los que la llamaban.

Sabía que le pondrían nuevos nombres, que habría nuevas risas. La suya jamás se le perdería, a menos que le cortasen la lengua, como ya habían intentado.

Pisó un charco. Un charco de agua tibia, clara. Guijarros en el fondo, pececillos de colores. Su pie fue engullido por el agua, se tambaleó y cayó. Se sacudió el agua, de pronto turbia y fría, llena de algas podridas. Siguió bailando por el pasillo, apartó hojas muertas, pisó flores, le sangraron las manos, sintió el sudor en las piernas, le dolió el cuello, pero sus pies heridos siguieron blancos, danzarines, felices, siguiendo la ruta marcada por una brújula loca. Y alcanzó el pomo de la puerta.

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