30/6/11

Llegada

Día 1:
Salida desde A Coruña hacia París con Iberia. Llegada a la Terminal 3, tengo que llegar a la Terminal 2, donde está la estación de tren. Cojo un metro/tranvía que conecta las tres terminales. Gratis, por cierto, casi me vuelvo loca buscando una máquina de tickets. Llegada a la Terminal 2, bajo al piso correspondiente, busco mi tren en unas pantallas en las que no se ve un pijo. Tengo media hora, cargo con 30kg de equipaje y me muero de hambre. La cola que hay en la tienda de bocadillos mide como mil metros. Tengo que pagar 0'50€ para ir al baño, manda carallo. Relleno la botella de agua y me compro una bolsita de Lays. En las pantallas en las que no se ve un pijo, me parece leer que mi andén es el 6. Bajo al andén 6. Viene mi tren. Equilibrios sobre tres diminutos peldaños para subir la maleta-obús verde. La dejo en el sitio de los equipajes, me siento en el número 27, saco el portátil y me pongo a leer. Una hora más tarde, una anciana con olor a muerte se sienta a mi lado. Mil millones de años más tarde, llego a Nantes. Equilibros sobre tres diminutos peldaños para (esta vez) bajar la maleta-obús verde.
Salgo por la entrada norte. No hay noticias de mi familia. Miro y no los encuentro. Llamo. Nos encontramos. Me recibe Diane con una gran barriga de embarazada y los dos niños. La pequeña manchada de sangre (Nom de Dieu!). Me explica que el hermano empujó sin querer la sillita, ésta se trabó y la niña cayó. Ah... vale. Entonces sí que les doy los chupa-chups.
Vamos a casa, les doy sus regalos a los niños y nos ponemos a jugar en el suelo de mi habitación (grande, con luz, sólo un enchufe que funcione...). Vemos el resto de la casa y nos ponemos a hacer la cena. Diane y yo bañamos a los niños, les damos la cena, jugamos con ellos y a la cama. Una vez ellos se han dormido (o al menos se han callado), cenamos nosotras. Soy trapo más que persona, así que me retiro a las 21h.

Día 2:
Me despierto relativamente pronto, después de un sueño profuuundo y delicioso. Cuando me aburro de oír a los señores obreros con sus martillazos (parte de la casa está en obras), me levanto y me meto en la ducha. Más bien en la gran bañera con patas, anticuada y muy molona. Me visto, hago la cama y bajo a desayunar. Me reciben el padre (Arnaud) y la petite (Brune). Desayuno con calma.
Más tarde vamos Diane, los niños y yo a un mercado al aire libre. Compramos una barbaridad de verduras y hortalizas (sospecho que Diane esperaba a tener quien le cargase con todo) y pescado, aprovechando que yo sé cocinarlo.
Ya en casa, hacemos la comida juntas. Comemos los 5 (o podría decir 5 y 0'9, porque un bebé de 8 meses también debería contar, digo yo), charlamos. Jugamos con los niños y los acostamos para su siesta. Diane me lleva al súper a comprar un par de cosas que pasé de meter en la maleta por prescindibles, pero no tanto como para vivir sin ellas.
A la vuelta, sigo con mi curso de portugués, hasta que Brune se despierta con terribles llantos de su siesta. Diane, la petite et moi vamos a dar un paseo por el barrio. Es como un pueblecito dentro de una ciudad: todo casitas con su jardín, antiguas, con tres escalones en la entrada... Casi no circulan coches y hay bastantes niños.
Volvemos a casa, empezamos a preparar la cena. Cenan los niños y mientras los padres se ocupan de otras cosas, yo juego con ellos en el jardín, hasta que mis heridas de guerra (véase: cicatrices aun frescas en el pie derecho) se quejan de mis patadas al balón. Vamos dentro y papá y mamá los acuestan. Es la hora de que los mayores cenen.

No podría haber encontrado gente más maja. A los niños, me los comería con patatas, con esos bracitos redonditos y esas bochechotas sonrosadas.

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