8/5/11

Dolor y dulces

A lo largo de los años he ido aprendiendo cosas sobre el dolor. Experimentándolo, claro está. Por ejemplo, sé que hay dolores que llegan tarde, como cuando me rompí el dedo, que no empezó a dolerme hasta 15min después de la ruptura. También hay otros que asocio a sonidos, por ejemplo, una inyección es aguda y un golpe seco es grave. Los hay cosquilleantes, como una anestesia. Y ese cosquilleo no tiene porque ser indoloro (la anestesia que me pusieron para colocarme el hueso del dedo dolió horrores). Otros son tirantes, como cuando te cortan, extraen y cosen. Los hay que te paralizan y que no te dejan pensar. Y te quedas como un pelele, sin pensar normalmente, y te centras en las cosas más absurdas. Por ejemplo, cuando me rompí una pierna esquiando, me bajaron en camilla desde la pista hasta el puesto de socorro. Y me nevaba en la cara. Pues bien, aparte del miedo a que se les cayese la camilla los esquiadores-camilleros, sólo podía pensar en que los poetas que hablaban de lo bonito de sentir la nieve en la cara, no tenían ni puta idea. Los copos de nieve se te meten en los ojos y te hacen lagrimear, sientes pinchazos y humedad en la cara y tienes la nariz congelada.
Creo, pero no puedo jurarlo porque el testimonio no es mío, que cuando más sufrió mi cuerpo fue ese mismo día, después del episodio de camilla + esquís, fui trasladada a un hospital en una ambulancia más vieja que la guerra que no sabía lo que era la suspensión. Y por lo visto, el conductor tenía querencia por los baches. Recuerdo que uno de los enfermeros tenía un tic que me ponía muy nerviosa, pero por algún motivo no podía mirar a otro lado. El caso, si ese trayecto fue la peor experiencia para mi cuerpo, fue porque me desmayé varias veces. Yo no lo recuerdo, claro está. Para mi era estar en la camilla, cerrar los ojos para no ver al camillero, cagarme en todos los muertos del conductor, apretar los dientes a cada bache y ya. Pero según mi madre me desmayé por breves momentos. Lo cual explicaría porque no recuerdo cómo entré en el hospital... Por desgracia ya estaba más que despierta cuando me colocaron la pierna a pelo. Nunca hay suerte para esas cosas.

Pero todo esto no es nada comparado con el mayor dolor de todos: levantarme por la mañana. Destesto el sonido del despertador, el tener que cogerlo, apagarlo y gruñir pensando en que tengo que salir de la cama para vivir un día que no me va reportar nada interesante. Pero ahora tengo una cura, o más bien, un calmante, para tanto malestar matutino: mirar desde la cama mi calendario y el billete de avión y decirme que tengo que levantarme para tachar un día más de mi cuenta atrás.

Lo primero que voy a hacer al llegar a Francia va a ser comerme unos macarons.

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