20/4/11

Noreste

Cuando me desperté por primera vez a su lado, parpadeé un par de veces, sentía la lengua pegada al paladar. Se movió un poco, me miró entre las pestañas y sonrió débilmente. Me dio un beso y me pareció que sabía a verano. De nuevo me dejé llevar por la suavidad de su cuerpo, la levedad de sus besos, el respeto de sus caricias. Metí mi mano entre su pelo similar a una nube dorada y me sentí como si aun durmiese. Estar con él no era como caminar, ni como volar... era diferente, era como deslizarse por un río cálido, más y más rápido, hasta caer sobre una red de seguridad.
Me dio un beso, se rió bajito y dijo "good morning".
La segunda vez que me desperté junto a él, pensé que no tenía derecho a tenerlo tanto. Me incorporé y lo miré dormir. Las pestañas doradas bajo el sol de la mañana, el pecho blanco, era hermoso como un cuadro de Botticelli. Me dio pena dejarlo ahí, pero tampoco quería que hubiese un tercer despertar.
Me levanté, me vestí y salí de puntillas con las botas en la mano.

1 comentario:

Dani Maverick dijo...

El miedo al compromiso en una relación. Gran pensamiento profundo sobre estas circunstancias. La cuestión sería saber que es lo que quiere cada uno en estos casos.

Enhorabuena por el texto