9/4/11

Murmaider II

El sol caía al final de la primera jornada de viaje. La madera del snekkar crujía con suavidad mientras se deslizaba arriba y abajo sobre las olas. Harald soltó el remo que llevaba horas moviendo y cedió el turno a un compañero. A lo largo de la embarcación se repitió ese mismo movimiento y el snekkar cabeceó mientras los hombres se recolocaban: unos a dormir y otros a remar.
Harald observó el mar tranquilo bajo la luz rosada del sol, se envolvió en su capa y buscó un hueco libre en el suelo donde pasar la noche. Se apretujó entre dos hombres que ya dormían y cerró los ojos.
El mar lo acunaba y le susurraba. Tantos viajes... otro de nuevo... Recordó la despedida de Jora, con el pelo recogido en dos recias trenzas a la puerta de casa. Seca y dura, como siempre. Jamás lloró despidiéndolo, Harald sospechaba que no había llorado más que cuando salió del vientre de su madre. Y eso le gustaba de ella. Su fría Jora.
Le llegó el sonido de un relincho. Abrió los ojos. ¿Un relincho? ¿A tal distancia de la costa? No había islas cerca. Se levantó y miró a sus compañeros bajo la escasa luz solar. Ninguno parecía haberlo oído. Se acercó al vigía y le preguntó si seguían el rumbo previsto. Éste, indignado, contestó que por supuesto. Harald escudriñó la creciente oscuridad, pero no vio nada, ningún contorno. Entonces volvió a oírlo. Miró al vigía. Éste lo miró a él, confuso. Los remeros se miraron entre sí, sin detenerse. Un par de hombres encendieron antorchas.
Harald oyó un ruido extraño, desconocido, que parecía salir del mar. Relatos sobre el kraken saltaron a su mente, Jörmungandr saliendo de su letargo. Pero los apartó de sí. Mucho había viajado y podía reírse de esas historias. El mar empezó a agitarse, el ruido aumentó y antes de que pudiese repetirse que aquello no era nada, el agua explotó, algo enorme surgió de entre ese chorro de agua y aterrizó en medio de los hombres. Fueron unos segundos en que toda la tripulación se puso en pie, se lanzó a por sus armas. Pero apenas unos pocos pudieron alcanzarlas y menos aun defenderse. Aquella forma oscura, negra como la noche, atacó a los hombres, los mordía, los pateaba, los lanzaba al agua. El vigía, aun junto a Harald, alzó su espada y se lanzó contra el monstruo. Harald vio al monstruo, similar a un caballo, abrir las fauces y arrancarle el hombro al vigía. Se obligó a doblegar su terror y luchar, pero entonces vio algo brillar junto a él. Un brazo pálido y mojado rodeaba la cabeza de dragón del snekkar. No era el brazo de uno de sus compañeros, pues era flaco, débil, como de niño. Y detrás de ese brazo surgió del agua la cabeza de una mujer de negros cabellos, que se iba subiendo poco a poco al barco, observando a Harald. Lo que él vio en aquellos ojos nunca sabremos qué fue, pero soltó el arma y se lanzó al mar, ignorando al monstruo, ignorando lo indigno de su acción. Nadó frenéticamente, se quitó las botas y la capa a tirones, tragó agua, huyó sin rumbo. A su espalda quedaban los gritos de sus compañeros. Las olas se tornaron rojizas. Se atrevió a mirar hacia atrás y vio el snekkar en llamas. No había ni rastro del monstruoso caballo, pero la muchacha estaba en pie sobre la baranda de la embarcación. Harald no podía distinguir más que la silueta, pero sintió que ella lo observaba. Siguió braceando, luchando contra las olas. Se agotaba, la oscuridad lo rodeaba, el brillo del fuego había desaparecido. Perdido y exhausto en medio del mar. Pronto moriría de frío. Pero seguió luchando, huyendo de algo desconocido, sintiendo que en cualquier momento sería arrastrado a las profundidades del mar por un monstruo con forma de caballo.

Un brillo blanco surgió frente a él. Se detuvo, las olas lo sacudían. Un pálido rostro enmarcado por una melena negra lo observaba de cerca. Demasiado cerca. Harald pensó por un segundo que al final su muerte no sería del todo indigna. La brutal muchacha sacó una mano del agua y lo agarró del cuello.

El sol le quemaba la cara. Abrió los ojos y vio el cielo azul. Unas mujeres con redes se inclinaban sobre él y lo sacudían. Le hablaban, inquirían su nombre, de dónde venía. Pero él nada dijo. Lo llevaron una población que le dio cobijo y donde se instaló con ayuda de sus nuevos vecinos. Aunque era un pueblo que vivía mayoritariamente del mar y Harald no sabía hacer otra cosa, jamás volvió a meterse en el agua y aprendió a labrar la tierra. Nunca explicó cómo había llegado allí ni cual había sido su vida hasta el día que lo encontraron tirado en la arena de la playa. La verdad es que no volvió a hablar ni mostró el menor deseo de volver a su tierra. Y aunque temía acercarse al mar, se decía que algunos anocheceres se acercaba a la playa y observaba el mar y que, a veces, de entre las olas surgía el rostro de una muchacha pálida de negros cabellos, que hacía señas a Harald para que se metiese en el agua y que entonces él negaba con la cabeza, se daba la vuelta y regresaba a su casa.

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