19/3/11

Murmaider I

Después habría quien contase que la vieron salir del mar, con las ropas blancas y los cabellos negros chorreando. Hay quien dice que el caballo la seguía y que llevaba ya la espada en la mano. Hay quien opina que los consiguió después. ¿Pero quién ha visto sobre la tierra algún caballo que jamás se fatiga? ¿Que vuela, más que cabalga, como una sombra? ¿Cuyo relincho parece surgir de una profunda sima?
Los primeros que dieron noticia de su existencia fueron unos muchachos, que la vieron junto a las rocas de la orilla, con un cadáver a los pies de su caballo. Con gotas de sangre en los brazos. Dijeron que alzó la cabeza y que lo que había en sus pupilas los hizo huir del horror.

No esperó a que la fuesen a buscar, cabalgó llenando las calles de pánico, gritos; chorros de sangre se alzaban a su alrededor. La espada subía, bajaba, cortaba, mataba. Cuando se atrevieron a enfrentarse a ella, tan sólo detuvo a su montura un instante. Los observó. Sentían un cosquilleo en las ingles, las palmas de las manos sudorosas, el estómago encogido. Querían huir, pero no podían. Su contrincante desmontó. No usaba arreos, ni tampoco calzado. Se acercó al jefe lentamente. Éste alzó la voz, diciendo que quedaba detenida. Cuando alzó una mano para agarrarla, ella se la cortó de un rápido tajo. El hombre cayó de rodillas y fue decapitado. Uno a uno, los mató a todos, con calma, como quien recoge flores del campo. El más alejado salió corriendo. La mujer montó de un salto, lo alcanzó al trote y lo atravesó de la nuca a la cintura.
Siguió cabalgando. Nadie más salió a su paso.
Pasado un tiempo, hubo quien sugirió que habría vuelto al mar. Otros que habría ido al infierno. Los menos decían que hacía justicia y seguiría limpiando el mundo de bribones por otros andurriales. Pero desde luego, todos coincidían en alegrarse de no haber vuelto a verla.
Eso fue lo que se contó y dieron en llamar "el horror de Tamned".

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