13/10/10

Cuento V: Mano a mano (de Julio Sosa)

Acodada en la barra, con las manos rodeando la copa, abrazándome a ella, aferrándola como si de un salvavidas se tratara, sintiendo las gotas frías de la condensación rodando por mi piel, humedeciendo mis manos. Concentrándome en la forma de la barra, siguiendo la silueta de las botellas en el estante del bar, oyéndote reír, adivinando tu figura por el rabillo del ojo. Bebiendo para calmar mi dolor, para apagar la llama ardiente de los celos de ver sus manos sobre tu pecho, tu mano recorriendo su mandíbula, rodeando su cintura. Esa cintura que te merece, que quizás tú no merezcas.
Siento tu mirada sobre mi, estudiándome, evaluándome. Y con esa mirada destapas los recuerdos que quiero encerrar. Tus besos, esos besos que duelen. Tu sonrisa, tan diferente en la intimidad, tus ojos desnudos, que cierras para que no lea tu alma, pero que has de abrir para leer la mía. Pero sobre todo tus manos...
Cierro precipitadamente la puerta de los recuerdos y me vuelvo a centrar en paladear el vino. No me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás, canta Julio Sosa. Me lo repito mentalmente con toda la convicción posible, pero sé que es una mentira inmensa, un intento inútil de reprimir las ganas de ir junto a ti y tomar lo que es mío. Pero no debo. Y remojo las ganas en vino, porque no puedo hacer otra cosa.
¡Pero que estúpidos fuimos, que cobardes! Y ahora yo estoy emborrachándome por tus labios mientras ahí al lado abrazas a tu muñequita. Menos me dolería si no supiese que me quieres. ¿Tanto como a ella? No, claro que no, me digo mientras aprieto los dientes conteniendo las lágrimas.
A mi alrededor la jarana, la música, las parejas bailando bien juntas.
"Mozo, écheme y llene hasta el borde la copa"
Cuando la botella se está inclinando sobre mi copa, una mano se posa sobre la del camarero y oigo un:
"Suficiente por hoy"
Mis ojos no se levantan de esa mano que tan bien conozco. Esa mano que con sus caricias sublimes me dijo más que mil palabras, esa mano que aun tocándome sobre la ropa me tenía desnuda, que me recorrió entera, que paseó de mi cadera a mis labios, que me estudió, que hizo palpitar mi corazón frenéticamente y cuando me hizo temblar, fueron tus labios los que me silenciaron. Caricias inolvidables, diga lo que diga, caricias que me hacían arrinconar todo, como si tras la puerta no hubiese nada más, como si viviésemos en una pausa en el tiempo. Sólo nosotros, una cantidad infinita de besos, caricias, dolor y placer. Dicha y pena en una confusión tal que no era posible separarlas.

De pronto siento calor, la sangre me sube a las mejillas y un siento un latir primitivo entre las piernas. Te amo más de lo que te deseo, pero me temo que no es poco.
Mis ojos suben lentamente por tu muñeca, brazo y se posan finalmente en tu rostro. Me miras fijamente, con los ojos velados, no puedo leer nada en ellos. No son esos ojos que me desnudan, que me hablan. No hay nada en ellos. No quiero verlos. Mi mirada vuelve a mi copa, vacía, como me siento ahora mismo.

El camarero espera con la botella en la mano. Me encojo de hombros y le tiendo un billete. Me bajo del taburete donde llevo horas sentada y siento cómo los bordes de mi visión se difuminan. Doy dos pasos con paso inseguro y me agarras del codo. Tu roce arde, duele, me abrasa por dentro. Te miro, las compuertas de tus ojos se han abierto medio segundo. Preocupación, deseo, amor, vergüenza, culpa... Leo todo eso y te sonrío, pongo mi mano sobre la tuya, intentando tranquilizarte. Puede que la odie, pero yo también siento todo eso y no puedo hacer nada. Me libero de tus dedos con un grito interno y sigo caminando, dejando tras de mi un resonar de pasos que se pierden en la noche.

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