23/10/10

Cosas para el recuerdo

Esta entrada va por Fer, ahora te toca a ti ^^

Hay un enorme espacio de nuestro cerebro lleno de recuerdos. Unas veces los sacamos a placer, otras se escapan furtivamente y otras salen gracias a algo: un olor, un lugar, una palabra... Cualquier cosa puede desenterrar un recuerdo. En mi caso, suelen ser los olores.
Anoche pasé junto a una zanja y algo en el aire me recordó a mi infancia. No sabría decir con qué lo relacionaba ni qué olor era, pero era un olor de mi infancia, seguro. Igual que el olor de un bizcocho haciéndose en el horno. O la masa de pan fermentando debajo de un paño. O aquellas muñecas-pastel que olían deliciosamente.

Me encanta el sentido del olfato, me encanta que un olor me recuerde a algo. Incluso aunque sea algo desagradable. Me gusta llegar a casa, olfatear en el aire y saber qué hay para comer. Me gusta abrazar a alguien y cerrar los ojos aspirando su aroma, personal e intransferible. Aunque los perfumes a veces difuminan mucho el olor de alguien, pueden convertirse en un sello personal. Por ejemplo, un amigo siempre olerá para mi a Jackerton, un ex-amante olía a jersey de lana negro con ¿Yatchman Blue?
Pero siempre preferiré el olor único, sencillo, desnudo, de cada persona. Por ejemplo, el olor de la cabeza de mi madre (por raro que suene) es inconfundible, huele a casa, a calor, a chocolate a la taza, a... acogedor. Mi prima huele a fresco, a ventanas abiertas. Mi abuela huele a medicinas, a enfermedad, a mal rollo, a algo desagradable.

Olores y más olores. Flores como la madreselva, el galán de noche, el jazmín, el olor del tulipán, similar al de la nuez...
Abrid la nariz.

1 comentario:

Jack H. Miller dijo...

¿Nunca te has parado a oler un poema? Los de Baudelaire son especialmente gráficos en ese aspecto, pero un poema bien escrito puede oler de todos modos. T.S. Eliot huele como una casona vieja, a humedad y polvo.