10/8/10

Enfermedad

Él está enfermo, sufre. Yo estoy a su lado, tumbada en la cama, observándolo. Veo los latidos de su corazón en el cuello. Demasiado rápidos, por la fiebre. A ratos la respiración se vuelve fuerte y agitada, cada vez que llega un ramalazo de dolor. Y yo me siento impotente, tan cerca y tan lejos, porque no puedo hacer nada. Quien fuera microscópica para entrar en su cuerpo y matar a esos malditos virus. Pero no lo soy. Así que me limito a seguir a su lado, cogiéndole de la mano y desgranando lo minutos, sintiéndome culpable si no estoy a su lado y sintiéndome aun peor si lo estoy, porque veo que no mejora. A veces se levanta a vomitar. No sé lo qué, si lo poco que comió ya lo echó hace horas. Antes cuando volvía le preguntaba si se sentía mejor. Ahora ya no digo nada, porque sé que la respuesta será negativa. A veces él me pregunta si estoy bien. Que ironía, el enfermo preguntando a la enfermera. Contesto que sí, aunque me duela la cabeza horrores y tenga un festival de cohetes en el estómago. Espero poder coger un Neobrufen sin que se de cuenta, o empezará a preocuparse y lo pasará peor aun.
Maldita sea.

No hay comentarios: