4/5/10

He bebido litros y litros, en tascas cutres de mesas pegajosas y en restaurantes finos que te rilas, en cafés y teterías, en casa, en la playa, en la facultad, en el bus o corriendo escaleras arriba, en Inglaterra, Francia, Bélgica, Austria... En taza de porcelana, vaso de cristal, desechable de papel, taza metálica o termo. Solo, con leche, limón, canela, pimienta, jengibre, hierbabuena, azúcar, nuez moscada... De todos los colores y a todas las temperaturas (sí, incluso cubitos de hielo de té)

Es la relación sentimental más larga que he tenido, es una de esas relaciones de profundo amor pero un poco dañina (incrementa mi anemia) y con ocasionales rupturas y reconciliaciones (le he sido infiel con el café algunas veces, pero siempre me perdona)


He hecho de todo delante de una taza de té, he reído, llorado, sufrido enfermedades, establecido amistades, he rajado, he calmado grandes cabreos, he dicho borderías, hablado por teléfono, online, he estudiado, leído, visto la TV, el atardecer, he visto a la gente pasar, he visto llover, he asistido a clase, he dormido y he hecho algunas cosillas más...


Uno de los mejores regalos que me han hecho ha sido una taza-tetera con un dibujo de frambuesas, aunque cuando tengo que desplazarme por la casa adelante, suelo decidirme por la misma taza azul (como el rato de tomarme mi té). Sí, soy una animal de costumbres. Os presento a mi mug favorita, que la llamarían los americanos:


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