20/5/10

Noche roja y negra

Con este relato gané un concurso de narrativa erótica. Así que aviso a navegantes que pasen del tema, de que es más subido de tono que lo habitual aquí.
Disfrutadlo:

Sólo era una noche de mierda más en el típico bar, ninguna conversación que valiese la pena escuchar, así que dejé a mis amigas y me largué de allí. Caminé al azar por diversas calles, hasta que pasé por delante de un antro del que salía luz roja. La luz se reflejaba en un charco, formando figuras negras y rojas, se me antojó que parecía una mujer bailando. Miré a la puerta, dudé, miré al charco de nuevo y entré.

Pedí un whiskey y me lo llevé a la mesa más cercana al escenario, sorprendiendo un poco a los clientes, todos habituados a que allí sólo entrasen hombres, seguro. La mesa estaba pegajosa y el vaso no quería despegarse, pero en algo tenía que pasar el tiempo antes de que empezase el espectáculo. Un tenue foco iluminó el escenario al tiempo que el aburrido camarero anunciaba en alto un nombre que pretendía ser exótico. Y entonces la vi salir de entre dos cortinas cochambrosas: las piernas largas, infinitas, realzadas sobre unos taconazos rojos, el vestido negro, ajustado, tanto que yo, en mi posición privilegiada, pude ver que no llevaba nada debajo. Me pasé la lengua por los labios, perfecto. Pero eso no fue lo bueno. Lo bueno fue que cuando empezó a sonar la música, en vez de bailar y desnudarse, empezó a cantar.

Sin micro, abrió los labios gruesos, pintados de un rojo indecente, y se puso a cantar algo lento, triste y amargo, entrecerrando los ojos y contoneándose despacio, muy despacio. A veces se callaba y seguía moviéndose, como en trance, pasando las manos por los costados, dándonos la espalda y girando las caderas. Los presentes empezaron a levantarse, pero yo no podía quitarle los ojos de encima. Parecía sumida en un mundo ajeno, provocando a alguien mucho más importante que los presentes y el hecho de que nos ignorase me excitó más aun.

Pedí otro whiskey sin quitarle los ojos de encima. El camarero miró mis pezones claramente prominentes a través de la blusa pero apenas me di cuenta, porque ella había vuelto a cantar, esta vez con pasión creciente, acariciándose con mayor avaricia, gimiendo al final de cada frase como si se acercase al orgasmo. Yo jadeaba ruidosamente, no podía dejar de imaginar mis manos en todos los rincones de su cuerpo, descubriéndola, a ella, probablemente una prostituta mil veces descubierta. No me importaba, era la lujuria hecha mujer.

Eché una rápida mirada a mi alrededor. Estaba sola en el local a excepción de un tío en la barra que me daba la espalda y el camarero, desaparecido en el almacén. Me desabroché disimuladamente un botón de la blusa y empecé a acariciar mi carne ardiente. Metí la otra mano por dentro de la falda, tocándome como quería tocarla a ella. Empecé a gemir, intentando reprimir el ruido, hasta que ella posó sus ojos en mí, y su mirada estaba tan llena de deseo, de sexo en estado puro, que dejó de importarme que alguien me oyese.

Mi obscena cantante siguió con la mirada clavada en mi mientras seguía cantando, metiéndose ya una mano bajo el vestido, subiéndolo tanto que pude ver su depilado perfecto, frotando su clítoris primero lentamente, luego más rápido, y yo perdía la cabeza, gimiendo cada vez más alto. Me hizo un gesto con la mano libre para que me acercase. Abandonando el poco recato que me quedaba, subí al escenario y me acerqué a ella gateando, acaricié sus piernas perfectas, las lamí en mi ascenso, hasta que llegué a su vagina, húmeda y ardiente, deliciosa. Retiró su mano para hundirla en mi pelo. Seguía cantando entrecortadamente, sentí cómo las piernas empezaban a fallarle. Lanzó un grito corto, agudo, mientras me hacía con el control de su clítoris, chupándolo como el mejor caramelo imaginable. La agarré de la cintura y tiré de ella hacia el suelo, se dejó llevar. Mi legua siguió su recorrido ascendente, subiendo su vestido mientras su mano me tiraba de las bragas hacia abajo. Sentía cómo mi entrepierna se hacía agua justo cuando ella metía sus dedos en mi interior. Me meneé contra su palma abierta, al tiempo que absorbía sedienta de sus flujos vaginales. Enseguida llegó orgasmo, sus muslos se contrajeron y gritó largamente, sin parar de agitar la mano que tenía entre mis piernas. Me excitó tanto su grito, el whiskey en mis venas, el suelo sucio, el saber que si había alguien en el bar se estaría masturbando viéndonos, que en cuanto acabó su grito, empezó el mío. Fue un orgasmo prolongado, me eché hacia delante e intenté recuperar el aliento jadeando entre sus pechos.

De golpe me di cuenta de lo que había hecho. Levanté la vista aterrada y allí estaban los espectadores que ya había supuesto: tres hombres entrados en años masturbándose sin vergüenza, mirándonos. Me subí las bragas apresuradamente y me cerré la blusa con una mano. Iba a salir corriendo cuando oí su voz a mis espaldas:

- ¿Cómo te llamas, preciosa? Si me das tu número podríamos repetirlo en la intimidad...

La ignoré y me fui a toda velocidad.

Pero de vez en cuando vuelvo justo antes del cierre y hacemos nuestro número especial: ella canta para mí y yo me masturbo para ella.


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