28/3/10

La bata de seda

Podía verla sufrir, retorciéndose de dolor, maldiciendo como un camionero contra el responsable de su estado. No quise interferir, sólo la miraba, frente a frente, sentadas en el suelo, ella ligeramente cubierta con una amplia bata de seda de colores, yo vestida, memorizando el modo en que el moño se deshacía con sus movimientos bruscos, cómo la luz caía sobre su piel pálida y sedosa, como una cascada de leche deslizándose hacia el suelo. Los hombros delicados, los pechos redondos, de pezones rosados, el ombligo... y más abajo, el oscuro tesoro que guardabas y yo ansiaba.
Entonces callaste, el dolor había pasado. Me miraste de un modo que me hizo plantearme escapar de allí. Pero luego hablaste, y sonreías, invitándome, sabiendo que te deseaba, con un deseo de tocarte tan inocente como el de un niño y tan indecente como el de un adulto. Me incliné hacia ti lentamente, sin dejar de mirarte, tanteando terreno, asegurándome de que podía seguir adelante. Tú solamente sonreías. Finalmente llegué a tu vientre, cerré los ojos y lo besé. Suave, cálido y blando.
Te recostaste sobre un montón de cogines, acogedora, relajada, con los brazos abiertos y una pierna flexionada, aceptándome. De rodillas entre tus piernas, seguí recorriendo la maravilla de tu piel, rozándola con los labios y la punta de los dedos, permitiéndome besar tus pezones poco pronunciados, jugando con ellos, pasar mi nariz por tu clavícula, adorando tu cuerpo. Rodeé tu ombligo, bajé despacio, con besos tiernos, acariciando tus piernas, incapaz de creer que te tuviese para mi, aun sabiendo que sólo sería una posesión breve e irrepetible, mi mente aun no asimilaba que te hubieses entregado a mi. Te acaricié desde el cuello, lentamente, deslizando mis manos por los laterales de tu cuerpo, sintiendo contra el dorso la suavidad de la seda y contra la palma la suavidad de tu cuerpo. Seguí llenando tu torso de besos, casi asustada de llegar a aquello que tanto deseaba. Pero mi deseo crecía y finalmente descendí hacia tus ingles, las besé amorosamente, con devoción, acercándome lentamente a tu centro de poder, posé los labios sobre tu vello, suspirando de anticipación. Gemiste débilemente, dando a entender que no podías esperar más. Besé tu sexo, lo lamí, lentamente, recreándome en su sabor, pausadamente, acariciando allí donde más placer sentías, notando tus piernas junto a mi cara, temblando de placer, tus gemidos y jadeos me llegaban amortiguados por tus muslos. Ahí alcancé la máxima dicha posible, tenerte para mi, haciéndote disfrutar, sabiendo que no me darías nada a cambio, pero no me importaba, porque tú eras inalcanzable y te habías dignado a elegirme para una noche del placer sáfico del que eres portavoz.

1 comentario:

Serenna dijo...

Diría que sabes escribir de lo que sueñas ;)