5/12/09

SEXO

Con mayúsculas, siempre. Es un arma poderosa. Es un símbolo, que al mismo tiempo es representado mediante otros símbolos (caballos, flores...). Es un acto pero algo más. Tiene fuerza, suficiente para llevarse por delante creencias antes firmes, sentimientos y cualquier tipo de seguridad interna. Es algo que nos late en las venas, un Mr. Hyde que despierta poco a poco en nuestro interior al llegar a la pubertad. Un amigo con muchas caras que no creo posible llegar a conocer al 100%, siempre con algo nuevo, algo diferente. Un enemigo que te perseguirá (casi) toda la vida. Algo tan subjetivo, tan diferente como diferentes son las personas. Un regalo divino o una tortura infernal. Un instrumento de poder (ejemplo: Godoy), moneda de cambio, diversión, expresión de amor o algo que creemos que lo es, escape de la rutina, inyección de endorfinas, modo de pervertir y de herir, puede ser todo aquello que queramos que sea. O quizá sea al revés, quizá no elegimos nosotros, sino el sexo, más fuerte que nuestra mente, fuerza de voluntad, creencias, TODO.
Fragmentos:

- ¿Lo echas en falta? - dijo Marion por fin
- ¿El qué? ¿Que si echo en falta qué?
- Ah, ya sabes... ¡"eso"!
- ¿El hacer cositas?
- ¡Sí, el hacer cositas!
Agnes se lo pensó un rato y tomó un trago de Bovril.
- Quia.
- ¿Lo dices en serio? ¿Ni siquiera un poquito?
- No, ni siquiera un poquitín... ¿Qué diantres hay que echar en falta? Que te echen por todo el cuerpo el aliento con olor a patatas fritas y a cerveza Guinness... su barbilla como un condenado papel de lija, que te raspa el hombro y el cuello... y, después, la espera y la preocupación... ¿me habré quedado otra vez?
- Pero ¿haces el amor, Aggie?
- El amor, ¡y una leche! Hacer niños, hacer más problemas, hacer pañales cagados... ¡hacerlo feliz a él!
("La mamá: Un sueño hecho realidad", de Brendan O'Carroll)

Y cuando él dijo con una especie de ligero gemido: "¡Eres maravillosa!", algo en ella se estremeció y algo en su mente se endureció resistiéndole: endurecimiento ante la horrible intimidad física, ante el extraño vértigo de su posesión. Y aquella vez el agudo éxtasis de su propia pasión no pudo con ella; permaneció con las manos inertes sobre el cuerpo agitado de él; por mucho que lo intentara, su espíritu parecía estar observando al margen, desde una posición por encima de su cabeza, y las sacudidas de las caderas del hombre le parecían ridículas, y la especie de ansiedad de su pene por llegar a una crisis que se resolvería en una pequeña evacuación parecía una farsa. Sí, aquello era el amor, aquel meneo ridículo de los carrillos del culo y el decaimiento del pobre, insignificante, húmedo y diminuto pene. ¡Aquel era el divino amor! (...) Fría y despectiva, su extraña mente femnina se mantuvo al margen, y aunque adoptó una perfecta inmovilidad, sentía el impulso de levantar las caderas y expulsar al hombre, de escapar de su sinietra garra, a la embestida y al cabalgamiento de sus absurdas nalgas. Su cuerpo era algo desquiciado, impúdico, imperfecto, un tanto repugnante, inacabado, patoso.
("El amante de lady Chatterley", de D. H. Lawrence)

(Intentaré añadir algo de "Filosofía en el tocador" y otros)