23/8/09

Maleta parlante: París I

Por fin, más de un mes después de mi viaje, me atrevo a hacer una crónica.

Día 1:
A las 10 de la mañana del 09 de Julio salimos de La Coruña. Vamos en coche, tranquilamente, conscientes de que no hay prisa y que aunque podríamos hacer el trayecto de una sentada, es mejor dividirlo en dos días.
Poco hay que contar de un encierro automovilístico. Suena jazz y mi hermana, enemiga del mismo, se mete en la burbuja de su mp3. Paramos a media mañana y a mediodía. Como gente acostumbrada a la carretera que somos, sabemos que es preferible un bocadillo que te llevas de casa que comer en una estación de servicio, y consecuentemente, organizados como un pelotón militar, del maletero salen embutidos, pan, fruta, agua fresca y un bizcocho (imprescindible).
Tras muchos paisajes aburridos (hasta la coronilla estoy de recorrer España) entramos en el hermoso País Vasco y nos detenemos en Irún. Pasaremos la noche en el hotel Tryp (os recomiendo que no vayais a él, la limpieza del cuarto de baño era tan mala como para enterarme de que la señora que había ocupado la habitación antes que yo era pelirroja)
Como aun falta bastante para la hora de cenar, vamos a visitar Ondarribia, un pueblo costero realmente bonito, del que llaman la atención sus casas con ventanas de colores y macetas llenas de flores. El sitio estaba repleto de franceses, ya que al estar al lado de la frontera, les sale más barato comer y rellenar el depósito en España (eso sin entrar en la calidad de la comida...)

Día 2:
Vuelta al coche. A nuestro lado se suceden kilómetros y kilómetros de pinos, ya que estamos atravesando las Landas. Es un paisaje tan monótono que desearía poder dormirme. Después se suceden los campos de girasoles y trigo. No se ve ni un triste pájaro. Que país más desgraciado en el que no se ven ratoneros, cernícalos ni cualquier otro bicho emplumado que no sean palomas. Pillamos algún que otro atasco, sin llegar a nada grave ni digno de cabreo.
Cuando, ya por la tarde, finalmente nos acercamos a nuestro destino, el GPS decide que es una magnífica idea llevarnos a Maisons-Laffitte por en medio de París. Tras muchas pérdidas de señal del GPS (y sus correspondientes vueltas), llegamos a nuestro destino: Maisons-Laffitte, un pueblo precioso cercano a la capital.
Cenamos parcamente y nos vamos a la cama.

Día 3:
Por la mañana nos acercamos a la estación de tren a sacar tarjetas, válidas para tren, metro y autobuses de París hasta el tercer área (donde estamos nosotros). Vamos al supermercado y además de alucinar con los precios (la fruta era al menos 5 veces más cara que en España) tuvimos que hacer un gran esfuerzo para conseguir lo que queríamos, me temo que allí el esquema de compra y cocina es muy diferente. Se ofrecía un montón de comida para llevar, toda muy demandada. En cuanto a los quesos, todos tenían un magnífico aspecto, y a pesar de tener mucha variedad y representantes de otros países, los quesos españoles no estaban presentes, así como tampoco el vino. Se ve que somos demasiada competencia para ellos y no importan productos españoles.
Por la tarde paseamos por el pueblo y nos enteramos de que al día siguiente se celebra la "fiesta" (tenemos un concepto diferente de fiesta) más importante de Maisons-Laffitte. Nos sentamos en una cafetería a tomar el primero de muchos cafés malos (saben a agua) y más caros que tomarse un café irlandés en el centro de Coruña. Pero es Francia, sabes que te van a vaciar la cartera.
El pueblo es precioso, el château es pequeño pero charmant y las calles están llenas de macetas con flores. Es un lugar encantador en el que no lamentaría en absoluto vivir. Hay muchas casas, rodeadas de jardín, preciosas todas ellas, con frisos decorados cuidadosamente y diversos detalles en madera. En cuanto a los edificios de apartamentos, cuidan mucho la privacidad, ya que hay barreras físicas como árboles, demasiada distancia o ventanas no enfrentadas, para que no veas a los vecinos. Además estos edificios suelen estar rodeados de un pequeño jardín donde los niños juegan inocentemente, vigilados por sus madres. ¿Suena demasiado bucólico si hablo de las rosas y las mejillas coloradas de los niños, de sus rizos rubios y sus risas?

Día 4:
El producto estrella de Maisons-Laffitte son los caballos, por lo visto es un lugar importante en el mundillo de la hípica. Y el 12 de Julio es el Déjeuner sur l'herbe, una fiesta que consiste en que la gente vaya en masa a hacer un picnic en la hierba del hipódromo, hay un concurso de pintura en el que puede participar cualquiera, y finalmente hay carreras de caballos. Incluso hay un puesto donde te informan de cómo funciona el sistema de apuestas.
Así que como es domingo y no tenemos nada mejor que hacer, nos dirigimos al hipódromo. Pero está lloviendo y no parece que vaya a cambiar la cosa, por lo que damos una vuelta para ver el panorama (los franceses no se achicaron en absoluto y acudían tan felices con sus impermeables) y comemos en el coche. Al cabo de un rato decidimos ir a Versailles, no a visitar el palacio, sino el pueblo. Sale el sol. Cuando llegamos a Versailles nos tomamos un café tranquilamente (mis padres no afrontan bien la tarde si después de comer no toman café). El lugar es bonito, como todo por allá. Cuando pasamos por delante del palacio, vemos una marabunta, un ejército, una horda de turistas. Franceses, españoles, italianos, chinos, japoneses, ingleses, estadounidenses... Y un montón de autobuses, hay hasta dos albaneses. También hay varios negros vendiendo souvenirs que chapurrean mil lenguas y sobre ellos resuena el flap-flap de las palomas de plástico que exiben antes de que caigan al suelo. Hace un sol abrasador y agradecemos irnos.
Para cenar, como muestra representativa de la cocina francesa, mi hermana y yo nos acercamos a un japonés a por unos menús para llevar.

(Continuará...)

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