11/6/09

Cuento IV

No debería estar aquí. Lo normal sería haberme quedado acurrucada contra tu costado y dormir con tu brazo rodeándome. Pero mientras tú caías en un sueño profundo, mi mente se empecinaba en seguir despierta, con lo que me arrastré lentamente fuera de la cama con cuidado de no despertarte.
El suelo de madera está tibio. Cojo uno de tus cigarrillos y abro la ventana antes de encenderlo. La ciudad está tranquila bajo los haces de luz anaranjada de las farolas. Le doy una calada al cigarro. Sabe a gloria. Cierro los ojos mientras expulso el humo y me acodo en la ventana. No me preocupa en absoluto que un trasnochador pase y me vea desnuda, sólo quiero fumar en paz. Me fijo en el hilillo de humo y sus dibujos caprichosos. Un brisa cálida de verano me revuelve el pelo y trae un aroma a mar. Me recuerda el olor de los marineros, sus manos callosas contra los gruesos cabos, las mujeres cosiendo redes al sol.
Oigo música y mi ensueño de olas y gaviotas se desvanece. Me inclino hacia la oscuridad de la calle y busco alguna luz, pero no hay nada, ni una figura, ni una ventana iluminada. Miro hacia las ventanas bajo la mía y distingo una abierta dos pisos más abajo, donde alguien está encendiendo también un cigarrillo. Aplasto el mío contra la repisa y en vez de tirarlo, lo dejo allí para no alertar al vecino. Lo imito y enciendo un nuevo pitillo. ¿Estará en la misma situación que yo? ¿Fuma mientras alguien duerme en la cama que debería compartir? Cierro los ojos y me concentro en la música... Es una triste canción de jazz. No quiero despertarte y me limito a tararearla. Me hace pensar en lo que hoy me llevó a sellarte los labios con besos, a abrazarte con fuerza y amarte hasta el delirio. La necesidad de tenerte cerca, muy cerca, sabiendo que me quieres y que esto es algo real, lo único brillante en la oscura agonía de lo que me rodea, la brisa fresca en un cuarto cerrado y viciado. Me atenazan de nuevo la garganta los recuerdos de mi penosa vida y me concentro en no llorar y el sabor del tabaco, amargo en el fondo del paladar.
Me giro y te veo durmiendo, tu pecho subiendo y bajando lentamente, tu respiración calmada. ¿Cómo puedo haberte conseguido? ¿Cómo puedes quererme, si no te merezco? No hay mejor refugio que tus brazos ni mayor tranquilidad que saber que me proteges. Te quiero tanto que a veces me duele mirarte y mi corazón parece a punto de explotar. Es una de esas veces. Tiro el cigarro por la ventana, sin importarme si le cae en la cabeza al vecino, porque ahora sólo existes tú. Dejo la ventana abierta para que me siga llegando la melodía y me meto en la cama. Me acurruco contra tu costado y pongo uno de tus brazos alrededor de mi cintura, sintiéndome automáticamente en paz al notar tu calor. Esta vez sé que me voy a dormir.

1 comentario:

Perico Soto de Herránz dijo...

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