8/6/09

Cuento III

Los lobos metálicos me persiguen. Puedo oírlos aullar, sintiendo próxima su victoria. Cuando los diseñaron, los programaron para emitir esos aullidos, sabiendo el efecto psicológico devastador que causaban. Muchas víctimas quedan heladas al oírlos, perdiendo cualquier oportunidad de escapar.
La sangre me golpea en las sienes mientras corro con toda mi alma, oyendo sus patas de metal chocando contra el suelo, acortando distancias. No puedo darles esquinazo, soy consciente de sus sensores térmicos, de su olfato antinatural. Me encontrarán. Lobos metálicos de ojos negros. Si te persiguen en la oscuridad, no sabrás que se acercan.
Salto para evitar un montón de basura, trepo una valla metálica, me meto en una alcantarilla... da igual cuantos obstáculos supere, puedo oírlos detrás de mi. Sólo hay dos modos de tener una oportunidad de huír de ellos: salir de la ciudad o llegar a los niveles inferiores. Fuera de la ciudad los lobos se debilitan y después de unos kilómetros regresan, con o sin presa. En cuanto a los niveles inferiores... la chusma que vive ahí abajo ha ideado sistemas contra los lobos, son lugares donde ni el ejército sueña con entrar. Es el reino de los traficantes: droga, órganos, niños, especies prohibidas, tecnología punta, putas... todo lo que puedas imaginar lo hay ahí abajo. Excepto luz.

Bajo por una escalera mediopodrida, resbalando en el moho, descendiendo más y más bajo la ciudad. Ya oigo los chasquidos de las fauces de mis perseguidores. Intento acelerar, pero mi corazón está al límite. Rebusco en mis bolsillos hasta sacar como puedo una bolsita de plástico. Desparramo la mitad de su contenido hasta alcanzar la pastilla que busco. Me la meto en la boca y enseguida noto que el corazón se acelera y mis piernas dejan de molestarme. A veces ser un yonki tiene sus ventajas.
¡Ahí está! La entrada a los niveles inferiores. Es un agujero pequeño en el suelo, protegido por un campo magnético, nada metálico podrá atravesarlo. Soy consciente del riesgo, cuando lo atraviese, los implantes de mi cuerpo serán arrancados, así como una bala que no me pudieron extraer. Me alegro de tenerlos sólo en las extremidades. Acelero, viendo próxima mi salvación. Entonces los lobos aullan. Miro sobre mi hombro: cuatro lobos a cinco metros... cuatro metros... tres... Un salto suyo y seré papilla. Mi victoria está tan próxima, ahí está la entrada, sólo medio paso...

Siento un dolor terrible. La droga debería paliarlo, pero se ve que es demasiado grande. Yazco en el suelo negro, con manchas carmesí a mi alrededor. Una caída de cinco metros... Sangro por la frente y los brazos, me he roto una pierna, donde antes tenía un lector de chips, ahora tengo un agujero... Miro hacia arriba, esperando ver cuatro moles dispuestas a saltar sobre mi, pero sólo oigo sus pasos alejándose. Estoy a salvo, de momento, hasta que los Señores que aquí reinan sepan de mi intrusión. Me arrastro como puedo a un rincón. Mi ropa está destrozada, tengo agujeros sangrantes por todas partes... pero al menos estoy vivo y con perspectivas de seguir estándolo al menos unos días más. Sonrío. Y entonces veo la primera rata.

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