3/4/09

Cuento I

Un último cuento antes de irme:

Un club de baile, unas copas en la mesa, la gente charla. Una gota resbala por el cristal de mi vaso hasta la mesa. Levanto los ojos hacia ti y descubro que ya me estabas mirando. Sé que eres consciente de la situación, de que recorro tu boca con los ojos, de que sé qué parte de mi cuerpo observabas... y de que como tu mujer se entere de que estás aquí, vas a tener un problema. Me importa un comino. Fuiste tú el que eligió llamarme, el que cuando nos saludamos, se quitó la alianza del dedo y la guardó.
Nuestras rodillas se juntan furtivamente y ambos sabemos que no fue accidental.
No te entiendo en absoluto, pero hoy lo olvidaré por unas horas, ignoraré los últimos años, que fui testigo en tu boda y que tu esposa sigue odiándome a día de hoy. Siempre diré que fue un error que le contases todo.
Te pones en pie y me tiendes una mano sonriendo. Sé qué tramas, y sabes igual que yo que es una pésima idea que nos pongamos a bailar. A pesar de ello, me moría de ganas por que me sacases a la pista desde que llegamos.
Posas la mano en mi cintura y... un dos tres cuatro cinco seis siete ocho. Fin del paso base. Salgo airosa de la primera prueba, luego supero los ochos, hacia delante y hacia atrás. Finalmente la pequeñísima parte de mi cerebro que se ocupaba de centrarse en los pasos, deja su tarea y se dedica a intentar no derretirse literalmente entre tus brazos.
Me miras a los ojos, suspiras levemente y paseas la mirada por el bar. Se diría que estás distraído, pero me atraes un poco más hacia tu cuerpo y hasta la última fibra de mi cuerpo arde de deseo por ti. Mi moral me dice que esto es horrible, fatal, imperdonable. Pero eres tú. Eres tú, maldita sea. Si no hubiese sido tan estúpida en el pasado, te hubiese tenido sólo para mi, podría bailar contigo sin pensar en que tienes una esposa que te espera en casa. Y te conozco tan profundamente que sé qué es lo que pasa. No tienes valor para dejarla. Seguro que aun la quieres, no te atreves a hacerle daño... y aun con todo, no puedes seguir con ella. Por eso me has llamado. ¿Porque no me has olvidado? ¿O porque quieres que te de lo que ya no interesa que te de tu señora? Ah... te advertí que ella llenaría tu cama de tedio.

- Dime, ¿por qué sigues con ella? - te susurro.
Te encoges de hombros como quien le quita importancia, pero te conozco lo suficiente para traducirlo como una mezcla de culpabilidad e ignorancia.
Seguimos bailando y ya no hay más espacio entre nosotros que la ropa.
- ¿Nos vamos de aquí?
Adivino a qué te refieres, pero quiero oírte decirlo.
- ¿Adónde?
- A mi casa. - te miro interrogativamente - Está de viaje.

Abres la puerta y veo pequeños cambios que indican tu convivencia con la otra. Es irónico que piense eso, si en realidad la otra soy yo. Entramos en tu cuarto. Aun no me has besado y casi tiemblo de impaciencia como una adolescente. Dejo el bolso y el abrigo y me giro hacia ti. Toda duda o culpabilidad se ha evaporado de tus ojos. Te acercas y me besas, primero lentamente, de forma dulce, luego más lujuriosamente, me abrazas con fuerza, tu mano recorre mi muslo y decido que ya es hora de quitarme esta ropa que tanto me molesta.
Cae lentamente la ropa, besas mi cuello. No entiendo el porqué. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? Aparco esos interrogantes mientras nos tumbamos en la cama y me recuerdas porqué aun estás en mis sueños.

No sé cuanto tiempo ha pasado, estoy recostada sobre tu pecho, arropada por tus brazos, siento cómo olas de calor salen de mi cuerpo y cómo una capa de sudor pegajoso nos recubre. Los interrogantes vuelven de nuevo a mi cabeza, pero antes de que diga nada, tú rompes el silencio:
- No creía posible que volviésemos a estar así.
- Eras tú quien tenía que elegir.
- Sí, pero... bueno, no creí que fuese a ser... infiel.
- Sigues con ella porque quieres. - argumento tajantemente.
- ¿No pensaste que quizá aun la quiero?
Estuve a punto de contestarte que ése es TU problema, no el mío, pero sé que eso sólo te hará daño y no arreglará nada, así que me limito a besarte.
- Debería irme, mañana madrugo.
Asientes y te incorporas. Me siento en el borde de la cama, pero me siento incapaz de vestirme. Te beso de nuevo, te rodeo con piernas y brazos y dejo que mi melena se desparrame sobre tu hombro.
- Pero no quiero irme. - Te pones tenso. Sabía que lo harías. - Es cómodo estar contigo.
Te relajas de nuevo y me besas. Sí, es endiabladamente fácil estar contigo, mi alma está desnuda frente a la tuya y viceversa. Nos conocemos tan profundamente a pesar de los años, que estar desnudos es lo más natural del mundo.
Tengo que irme. Me visto y me despido de ti con un beso. Sé que es muy probable que esto no se repita. Conduzco a casa a toda velocidad y no sé si es el dolor, la incredibilidad o la felicidad lo que me mantiene despierta hasta el amanecer.

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