14/3/09

Cuentos para mayores II

(Aviso para Antoine: va de sexo; para que luego no se me queje de que no aviso)

Domingo por la mañana. Los minutos pasan a mi alrededor como perezosas moscas. Entonces suena el teléfono. Una amiga invitándome a comer a su casa. Me apetecía verla, así que me arreglé y salí.
Era un día de verano brillante y agotador.

Me recibieron el alivio de la sombra y tu sonrisa. Me diste un abrazo y me instalaste en una silla con una cerveza mientras le dabas unos últimos retoques a la comida.
Aquella ropa tan chiquita... ¿Por qué llevas esos microshorts? ¿Por qué la camiseta escotada? Sí... es verano. Vas descalza y una pulsera de plata rodea tu tobillo. Te estiras para coger una especia y tus piernas se tensan como las de una bailarina. Toda esa carne, esa piel desnuda... Recuerdo aquella época en que tu magníficas piernas eran mías, cómo me rodeaste la cintura con ellas y pusiste mi vida del revés. Algo se agita dentro de mi y me recuerdo que tengo novia... y una vocecilla impertinente me recuerda también cuanto hace que no soy capaz de acostarme con ella. Un golpe a mi ya resentido amor propio. Tal vez si ella se vistiese como tú, no tendríamos este problema.

Charlamos, reímos y pones frente a mi un plato de carne poco hecha. Sacas una botella de vino.
Hablamos del trabajo, de música, de juergas... Cortas un pedazo, abres esa boca roja, indecente, deberían censurar tus labios, y el bocado entraba en esa cueva reino de tu lengua y la saliva más ponzoñosa del mundo. Se me acelera el corazón, siento calor, pero sé que es culpa del verano y del vino, que corre por mis venas.
Sacas una macedonia. Después de ella, me pides que te ayude a recoger la cocina, te pones a fregar y me salpicas con agua, meto un dedo en la macedonia y te lanzo un pedacito de fruta. Aterriza en tu clavícula. Das un respingo mientras la fruta desciende hacia tu escote.
- ¡Límpiala!
Pero entre mis piernas se ha encendido una llama furiosa. Con un brazo te rodeo mientras mi otra mano vuela hacia tu escultural culo. Con la lengua recojo ese cachito de fruta y recorro el mismo camino que el jugo. Me despido de tu clavícula con un beso.
Me aparto y te miro a los ojos. Me vas a echar la bronca, lo sé. Vas a recordarme que tengo novia, que no debería haber hecho esto. Cuando estoy a punto de abrir los brazos y alejarme de ti, subes una de tus piernas acariciando lentamente mi costado y te detienes en mi cintura. Sigues mirándome fijamente. Conozco esa mirada. No vas a cabrearte, pero me vas a matar. Pones tu mano mojada en mi nuca y pegas tu boca de delirio a la mía. Acaricio con avaricia tu muslo. Te separas y agarrándome por el cinturón, apresándome con la mirada, me arrastras al cuarto. Nos desprendemos de la ropa, pegas tu cuerpo al mío, y eres tan suave... Me das un empujón hacia la cama. Te pones a cuatro patas sobre mi. Me miras fijamente. Estoy más indefenso que un corderillo entre tus garras. Recuerdo que con mi novia no se me pone dura desde hace meses, pero ahí está tu magia, tu veneno, mi cuerpo sí responde a ti. Mi mente desecha rápidamente la cara de mi novia. Me besas, me acaricias, haces dibujos con la lengua sobre mi pecho y creo que me muero porque no me das lo que sabes que más deseo, te alejas una y otra vez cada vez que intento llevarte por donde quiero. Sueltas una risilla traviesa. Tu mano desciende hacia mi entrepierna, pero se escapa después de una rápida caricia.
No sé cuanto dura el juego, pero finalmente no puedo más y tú lo sabes, siempre me has conocido. Entonces te subes sobre mi, y tu cuerpo es mi paraíso, con esa forma que tienes de moverte, despacio llevándome lentamente a nuevos campos del placer o rápido, en un despegue hacia las nubes. Tus pechos son mi alimento en este viaje. Si sigues así no voy a poder durar mucho más, pero replicas que tenemos toda la tarde, y toda la noche si es preciso.

Yacemos el uno junto al otro. Sé que estás ahí porque noto tu cuerpo húmedo y caliente junto al mío. Tengo los ojos cerrados, descendiendo lentamente del Cielo. Te acaricio distraídamente, recordando lo que acabamos de hacer, recordando tus gemidos, sabes que siempre me han excitado más que tus gritos. Juegas conmigo en la cama como quieres. Me enseñoreo de tu culo, redondo, perfecto.
Oigo tu risa. Abro los ojos. Miras para mi falo, erecto de nuevo. Debe de ser una revancha tras todos estos meses. Tus manos expertas vuelven a deslizarse sobre mi cuerpo, de mi garganta sale un ruido extraño, las sigue tu lengua. Te detienes y me miras. Te llevas una mano a tus soberbias posaderas. Estaba pensando en lo mismo.
Me encanta hundir la cara en tu melena. Huele a ti, al perfume de mi demonio particular, que en vez de llevarme al Infierno me lleva hacia las nubes donde viven ángeles de placer. ¡Oh, Dios! Ahí dentro haces una presa increíble. Tu cuerpo está hecho para el placer. Mi dedo describe círculos en tu cuerpo mientras gotas de sudor corren por mi espalda.
Otra vez en el Edén.

El sol se pone. Seguimos en la cama y ninguno puede ya más. Entonces aparece la cara de mi novia. La culpabilidad. Alejo la mano con que te acariciaba y miro a la pared. Te das cuenta y te incorporas, brillante en tu palidez desnuda. Con toda la magnificencia de una estatua griega. Preguntas qué pasa. Te explico lo de mi incapacidad de tirarme a mi novia, que me desprecio a mi mismo por haber sido incapaz de serle fiel. Me tranquilizas. Separas lo que siento por mi novia del sexo. Asiento. Vuelves a tumbarte junto a mi, esta noche dormiré contigo, estoy demasiado cansado para irme a casa. Tu respiración se vuelve regular. Duermes contra mi. La luna hace brillar la pulsera en tu tobillo.

4 comentarios:

Antoine De la Potterie dijo...

Sigo pensando que la realidad supera a la ficción.
No es la luna, sino la luz de la luna; de suyo la luna no puede hacer brillar nada...

Ladherna dijo...

¬¬ ni siquiera es la luz de la Luna, la Luna no emite luz, es la luz del Sol reflejada en la Luna.

Antoine De la Potterie dijo...

Bueno, pero suele decirse "luz de luna".

Nirei dijo...

¿Obscenos? xD ¡Mira quién habla!

Me ha gustado el relato, by the way.

¡Saludos!