9/11/08

Mi querido suelo (o La peor noche de mi vida)

Escribo esto con cierta dificultad, pues la herida de la mano protesta si muevo músculos cercanos a ella. Lo que vienen a ser casi todos los de la mano...

Es como si fuese la protagonista de una de esas pelis en las que un día te levantas y tu casa no es tu casa, tu familia es otra y tu vida totalmente diferente.

Sangre y cenizas. Muerte. Soledad y oscuridad. Silencio roto por sollozos.
Soy menos que una piedrecilla, peor que una mujer infiel y mentirosa, ni llego al razocinio humano. No soy carne ni espíritu. Lo ofrecí todo mil veces y mil veces todo fue desdeñado. No es bueno, es tan malo que nadie lo quiere. Yo tampoco.
No siento apenas. Ni hambre, ni sueño, ni fatiga, ni amor, ni odio... sólo dolor y alteraciones térmicas (paso del frío al calor rápidamente o los combino sin sentido). Tengo los dedos helados, pero siento que me arde la sangre.
La quemadura no sangra ni pizca. Bueno, ya sangré suficiente por la mano.
¿Cómo era la frase? "Míralo desde el punto de vista de un ser humano", creo recordar. Ni a ser humano llego. Me siento como en una de esas leyendas británicas que dicen que las hadas roban bebés y dejan en la cuna a alguien de su reino: un duende, un diablillo, un trasgo...
Siento que no pertenezco a este mundo. Mi vida no es mi vida. Anoche algo hizo "click" en mi cabeza, todo se desmoronó, pero quedó en un perfecto orden que aun no alcanzo a comprender, aunque tengo una impresión general: estoy mal de la cabeza.
No es una depresión, es algo profundo y enraizado en mi mente. El árbol de la locura. Son demasiadas cosas seguidas, durante demasiado tiempo y sin el menor respiro.

Estoy temblando. Mi mente débil no soporta su propio estado. "¿Dónde está la Sala de los Espejos? ¿Dónde la confusión de mi desesperación repetida en mil reflejos?" Creo que algo así era. Pues ¡cucú! Aquí está, he llegado y al ver tantas veces mi propio dolor, he enloquecido mientras una risilla histérica salía de algún lugar, ¿mis labios? Tal vez.

Anoche, tras llegar a casa y discutir con mi madre, me quedé llorando a oscuras en el suelo. De pronto lo vi claro. No sé por qué sentí tal necesidad, pero me metí en el armario y cerré las puertas. Con la ropa tapé la rendija por la que entraba un hilillo de luz lunar. No podía haber luz. En mi vida no hay luz. La luz es cruel, me odia, me señala. La oscuridad me acoge. Sollocé en mi negro rincón, diciéndome todas las verdades de mi vida: mi bajeza, mi diferencia, la certeza de no pertenecer a ningún lugar... No tengo hogar. Sangre y cenizas, fuego y oscuridad. Sola. Sola. Sola. Eso está bien.
Entonces mi hermana entró en mi cuarto, encendió la luz y abrió el armario. "Vete, fuera, vete". No me hizo caso, me dirigió alguna frase estúpida y me abrazó intentando consolarme, supongo. Le dejé hacer, ¿qué importaba? Al final me separé, no podía seguir el hilo de mis pensamientos en compañía. Repetí que estaba bien. ¡Que mentira más evidente! Las lágrimas seguían rodando por mi cara. "Estoy bien, en serio, sólo un poco... alterada". No se fue. Preguntó qué me pasaba. De toda la respuesta que le di, sólo recuerdo una frase: "¿es que ser diferente es sinónimo de ser repudiada?" Elemental, querido Watson. Entonces puso cara borde y me dijo algo así como que apestaba a vino y que por tanto sólo decía tonterías. Craso error...
Le repetí que me dejase sola. Por fin se levantó y me dijo que vale, pero que no volviese a hacer ruido porque la había despertado. Quise gritarle si su sueño importaba más que tener a su hermana llorando en un armario. Desde luego que lo es. Volvía a estar sola y ciega. No me quedan vergüenza ni amor propio. No me queda nada. No sé a qué hora salí de allí y me tiré en la cama. La mano volvía a sangrar. No me importaba en absoluto. De camino al taxi, mientras me caían lagrimones, la había mordido hasta hacerme doler la cabeza del mareo provocado por el dolor. Cuando salí del taxi y llegué al portal me había derrumbado llorando. De rodillas, intentaba encontrar las llaves. Las encontré, sí, pero al hacerlo me abrí más la herida. La llave sigue manchada. Me aferré a la barra de metal del portal y me obligué a levantarme. La sangre goteó en el suelo blanco. No quise mirarme en el espejo del ascensor. Dibujé una estrella de 5 puntas con la sangre. En el cuarto de baño descubrí que casi todo lo que llevaba puesto estaba manchado de sangre.

Esta mañana mi hermana me llamó con tono de enfado: acababa de ver la estrella de sangre en el ascensor (bueno, la verdad es que era jodidamente visible). La limpié. Estaba mareada. La herida me impedía (impide) cualquier trabajo con la mano derecha. Había olvidado totalmente la quemadura, pero no las caras de los desconocidos que anoche se preocuparon por mi. Incluido el camarero del... ¿8 luces?

Mientras me dirigía a urgencias esta mañana, segura de que había algo dentro de la herida, contemplaba el mar y pensaba en lo delicioso que sería bajarme la fiebre metiéndome en su agua helada y tormentosa. Morir en el elemento que más amo.
Tras apretarme la mano hasta que me encongí de dolor, una buena doctora (maldita perra, así se te confunda la razón) me echó un poco de Betadine y me dijo que no podían hacer nada y que fuese mañana a un cirujano plástico. Será que me veía fea. Bueno, en eso le doy la razón.

No siento absolutamente nada emocional. En este momento, porque a veces me derrumbo... Pero bueno, voy a volver al loquero. Esta vez me estoy viendo con pastillas.

1 comentario:

Pablo Rodríguez y Giménez de Tesada dijo...

no se si esto es vivido o ficticio.
pero como amigo tuyo que soy, espero que no sea real.
si estas para recibir llamadas, en caso de que mi temnor-el temor de que esto sea algo real- se confirme, te llamare esta semana.
es cuanto puedo decir.
alba.
por Dios !