27/8/08

Pesadilla 2

No me gusta hacer aclaraciones, pero en este caso, lo creo necesario: este relato, o la simple idea del mismo, me causaban un gran placer hace más de un año, pero ya no. De todos modos he decidido subirlo porque es otra de mis pesadillas. Siento no tener el suficiente talento como para poder describirlo todo: el olor; los colores; el frío, el tacto y el peso del arma... Espero que os parezca aceptable:

La habitación estaba mal iluminada. Era apenas un cuartucho vacío con una triste bombilla desnuda. Por una pared bajaban algunas tuberías. Y esas mismas tuberías estaba esposado él. Joven, guapo, inteligente, hábil con los pinceles... Pero allí estaba, con las muñecas hinchadas de luchar contra las esposas. Unas cadenas le ataban los tobillos a las tuberías e impedían que levantase las piernas más de unos pocos centímetros. Primero había mantenido el tipo, después había amenazado, había intentado llegar a un acuerdo y finalmente había suplicado. Fue entonces cuando ella le ordenó que se callase:
- No quiero que caigas tan bajo. Y ni se te ocurra llorar, me darías asco.
Llevaban allí abajo varias horas. Él encadenado, de rodillas en el suelo, ella sentada en el otro extremo de la habitación, con la espalda apoyada en una pared, en silencio, tan sólo lo miraba. Finalmente él le preguntó porqué.
- Porque siempre lo he deseado y tú no hubieses accedido.
Entonces se levantó y abrió su mochila. Extrajo una pistola. Nueva, brillante. Estaba cargada. La sostuvo en la mano sintiendo su peso e intentó aproximar cuanto pesaría. No lo consiguió. Esas cosas no se le daban bien. Se volvió hacia el joven con el arma en la mano, colgando lacónicamente. Los ojos verdes de él se abrieron desmesuradamente y comenzó a llorar gimiendo súplicas. Ella se aproximó.
- Te dije que no llorases. - le alzó la cara con una mano- Venga, no llores, estás mucho más guapo y digno sereno. - le secó las lágrimas y sonrió.- ¿Ves?
- ¿Por qué? ¿Por qué yo?
- Ya te lo dije: porque quiero. Porque otro no me valdría, porque sólo a ti te deseo.
- Pero... yo quiero vivir.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene de fantástica tu vida que valga la pena vivirla?
Él se quedó en silencio, pensando.
- ¿Es por lo que te hice?
- Me aburres, ya te contesté que no es por eso.
- ¿No podrías darme otra oportunidad? Juro hacerlo bien esta vez, yo...
- ¡Oh, venga, cállate ya! Bueno, si tienes suerte, morirás instantáneamente, pero sino... agonizarás hasta que te desangres. No cuentes con que alguien venga a ayudarte. Sólo pienso emplear una bala, así que reza porque acierte.
Él lloraba de nuevo.
- Siempre he deseado verte en el suelo, en medio de un charco de tu propia sangre, ¿lo recuerdas? Eso significa que cuando te haya disparado te soltaré, pero no cuentes con tener fuerzas ni para evitar golpearte contra el suelo.
Se separó un poco de él. Lo observó: tenía los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia el suelo, sus hombros se sacudían por los sollozos. No se oía nada salvo el llanto. Intentó memorizarlo: él de rodillas, con fuertes contrastes de luces y sombras, la textura del jersey de lana, el brillo del pelo... Pero faltaba algo: algo que nunca más podría recuperar. Dejó la pistola en el suelo y se arrodilló junto a él. El joven la miró. Pero ella tenía los ojos cerrados. Lo abrazó y apoyó la cabeza en su hombro. Su pequeña nariz casi tocaba el cuello masculino. Aspiró su aroma, ese olor único mientras sentía su desbocado corazón latiendo bajo el grueso jersey de lana. Pasaron los segundos, los minutos y el corazón de él empezó a latir con más normalidad. No se atrevía a moverse ni a decir nada. Ella seguía en la misma postura, memorizando cada nota de ese exquisito aroma, mezcla de jabón, perfume, suavizante, pintura... de tantas cosas que sería imposible nombrarlas. Con los ojos cerrados, estaba lejos de aquel sótano, estaba con él en un jardín, bajo un precioso sol de verano, mientras con un brazo él la rodeaba y con la otra mano le acariciaba el pelo, diciéndole lo bonita que se veía. Entonces un sonido metálico la devolvió a aquel horroroso lugar. Abrió los ojos y bajó los brazos. Se separó de él y lo miró. Besó sus amados labios sin decir nada y se puso de pie. Volvió a tomar el arma y se giró hacia él.
-Muere, ángel.- disparó. Y acertó. Él quedó inclinado hacia delante, sostenido por las esposas. La sangre serpenteaba entre su pelo y goteaba en el suelo. Plic plic plic plic...

Abrió los ojos. La oscuridad la rodeaba. "Sólo fue una pesadilla, sólo fue una pesadilla.", se repitió.

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