28/8/08

Perfumes

Cuando esta tarde salí de la biblioteca, de buen humor, dije ¡que cojones! me acerco andando hasta el Sham a ver si está Julia que con este día apetece pasear. Y allá fui yo, con The Black Crowes sonando en mis oídos y el sol entibiándome la piel.

Diez minutos más tarde me cayó un rayo encima cuando un señor dejó al alcance de mi nariz una nube de tu colonia. Y justo entonces, cuando la estaba disfrutando, recordé la frase de un libro que decía: Las mujeres enamoradas son especialmente sensibles a la fragancia del hombre al que aman.
Se me cruzaron los cables. Empezó a sonar Deicide y ya me hundió en la miseria.
¿Cuánto tiempo más piensas seguir manipulando mi mente? ¿Cuánto tiempo más tendrá que pasar hasta que deje de tener ganas de besarte y abofetearte cuando te vea? Bofetadas que por cierto te mereces... y lo sabes mejor que yo.
Lo que más me tortura no es tu rostro, tu sonrisa o pensar en qué demonios puedo ver en un tío de pelo corto... no, lo que me mata es tu olor. Porque todo lo demás lo destrozará el tiempo, tu cara cambiará, tu belleza se marchitará... hasta tu agudeza mermará y se la llevará la vejez. Pero tu olor... es algo que siempre estará ahí. Y algo que no podré tener nunca. Algo que como una flecha atraviesa mi paladar y se me clava en el cerebro. Me arden los labios y mis pupilas se difuminan. Y ya no veo nada, ya no sé, no recuerdo, no pienso... me dejo hundir en tu fragancia deliciosa, cayendo en un torbellino de deseo nunca totalmente satisfecho. Nunca me darás suficiente. Nunca te pediré lo que me falta. Tomo lo que me das, porque no te mendigaré jamás.

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